domingo, 25 de junio de 2017

La soledad de Simona

Hola~ Esta entrada es de hace casi una semana, pero necesitaba retocarla. De nuevo, me vino la inspiración a partir de un cuadro que vi en Tumblr.
Espero que te guste:

Simona vivía en una preciosa y enorme casa justo al lado de un lago de esos tan tranquilos y azules que solo con mirarlos tus enfados y preocupaciones desaparecen. Era un lago grande y los lugareños lo usaban para pescar hermosas piezas que luego vendían en el mercado, para bañar a sus siempre inquietos niños y como modelo para pintarlo. 
Simona siempre se había sentido parte del pueblo: todos eran cariñosos y se preocupaban por los demás.

Pero eso acabó. Llegó un chico y su vida cambió. Sus vecinos ya no le hablaban, ni siquiera la miraban. Sus padres empaquetaron sus cosas mientras ella se bañaba en el lago y la abandonaron sin despedirse.
Simona había tenido que aprender a vivir sola... y totalmente ignorada. 
Normalmente se pasaba el día en casa, leyendo, limpiando para que sus padres se lo encontraran todo como lo habían dejado, tocando el piano...
El silencio era asfixiante. Impregnaba cada rincón de la casa. Los muros transpiraban silencio. Del suelo borbotaba silencio. Del techo le llovía silencio. Recorría los pasillos infinitos y sentía cómo se perdía en la quietud. A veces se encontraba sollozando en una habitación y casi no recordaba cómo había llegado allí. Otras veces sentía la terrible necesidad de gritar... pero no lo hacía por si alguien la escuchaba y la tomaba por loca. Aunque tal vez tanto silencio acabara por hacerle perder la cabeza.

Trataba de no ir al pueblo puesto que la actitud de los lugareños le resultaba absolutamente insoportable. Pero a veces la soledad era más fuerte y salía a dar un paseo. 
Al principio pensaba que con el tiempo el castigo cesaría... al fin y al cabo, no había sido culpa suya lo que había pasado.

Cuando los meses pasaron y el vacío total continuó, Simona empezó a perder los nervios. Fue entonces cuando llegó una familia a su casa. Ella los recibió entusiasmada pues pensaba que venían a visitarla. Estaba equivocada: eran los nuevos propietarios del que siempre había sido su hogar. Pensó que al ser de otro lugar hablarían con ella, pero no: también la ignoraron. 
Simona no pudo más y salió corriendo hacia su patio. Estaba sentada en su columpio sollozando cuando una vocecita le preguntó si se encontraba bien. La muchacha no podía creerlo, ¡alguien le estaba hablando! 
Se trataba de una niñita morena de grandes ojos verdes que la miraba con la curiosidad que solo pueden tener los críos. Simona sabía que la niña probablemente no entendería su problema, pero se lo explicó igualmente.

Entre lágrimas, le explicó el gran error que había cometido al enamorarse del hijo del alcalde y el aún más grande error de dejarse convencer por él y dejarse desflorecer. A partir de aquel momento todo el pueblo la miraba con asco y sus padres se sintieron tan avergonzados de su hija que consideraron enviarla a un convento. Simona se negó a ir y decidió hablar con aquel que la había puesto en aquel lío. Debían casarse. Era lo justo puesto que él le había destrozado la vida. 
Sin embargo, Simona no eligió el mejor momento para decírselo... y tampoco eligió la mejor manera de convencerlo. Él le propuso ir a una pradera cercana en coche para hablar con tranquilidad, pero ella estaba demasiado angustiada como para esperar. Así que se desahogó mientras él conducía. Él le dijo que no quería casarse con ella, que ya encontrarían otra solución, que en realidad aquello no era problema suyo... y entonces Simona pensó que solo había una manera para conseguir lo que quería: le dijo que estaba embarazada. El impacto fue demasiado grande y comenzaron a gritarse... y dejaron de prestarle atención a la carretera.

Simona no podía parar de gimotear al contarle a la niña cómo el coche se salió de una curva, cómo dio vueltas por la colina y cómo acabó en el agua del lago. No recordaba bien cómo había salido, solo sabía que él no lo había conseguido y que tras ello todo el mundo empezó a hacer como que no existía.

Los grandes ojos glaucos de la niña la miraron con pena. 

"Simona", dijo con infinita tristeza en la voz, "nadie te habla porque estás muerta".


miércoles, 21 de junio de 2017

Las manos de mi madre

Bonjour~ Hoy es el cumpleaños de dos personas muy importantes y especiales para mí. Una de ellas es mi madre y, entre otros regalos, le he escrito este poema. 
Espero que te guste:


Suaves como la seda
en el tacto y en el trato,
siempre jóvenes y hermosas
a pesar de los años,
cuidadas y desatendidas, demasiado
preocupadas por otras más pequeñas.

La ternura con la que acarician
nadie podría imitarla,
la dedicación con la que trabajan
nadie podría simularla,
la fuerza con la que nos levanta
nadie podría superarla.

Hablo de las manos de mi madre,
esas que cocinan
(a pesar de las protestas),
esas que lavan
(aunque no sea bueno para ellas),
esas que ayudan
(incluso cuando no se ha pedido).

Las manos de mi madre 
lo son todo:
son maestras y guías,
son poetas y artistas,
son luz y cariño
porque, ante todo, son
las manos de mi madre.

Las manos más bonitas 
y que más quiero 
en el mundo entero.



lunes, 19 de junio de 2017

Underwater IV

Buenos días~ Sí, ¡por fin la cuarta parte de Underwater! Sinceramente, casi me había olvidado de este relato. Tenía una idea en mente (la cual estoy siguiendo), pero no me apetecía escribirla y luego... Pero bueno, ya está aquí. Te dejo aquí la tercera parte por si quieres releerla.
Espero que te guste:

Por alguna razón que no llego a entender, siento como si conociera a esa sirena desde siempre. Como si un vínculo especial nos uniera. No he sentido esta sensación con nadie hasta ahora. 
No siento miedo, no siento respeto, solo curiosidad. Mi desnudez no me molesta tanto cuando me mira ella. Porque ella no ve mi cuerpo sin ropa, me mira a mí. 
Tiene los mismos ojos extraños que las demás, pero del mismo verdemar infinito que tienen los mismos. Es un color imposible del que siempre me he sentido muy orgullosa porque decía que era como el fondo del océano si este fuera bañado por la luz del atardecer. Bueno, esto tal vez lo decía mi tía. Pero lo cierto es que hasta los médicos a los que visitaba de vez en cuando decían que este color no existía entre los humanos. Siempre pensé que era una forma de halagarme. 

La sirena de cola blanca hace un gesto con el brazo y todas las demás han enmudecido. Todas la miran, expectantes. Se acerca a mí, el pelo gris plata ondulándose a su espalda. De pronto está tan cerca de mí que casi siento como si me faltara la respiración. Me mira tan fijamente que se diría que se ha vuelto de piedra. No, esos ojos jamás podrían parecerse a una roca. Me taladran, me traspasan, leen mi mente y mi alma como si de un libro para niños se tratase. Antes de darme cuenta tengo ambas manos sobre el cristal como tratando de llegar hasta ella. Posa las suyas sobre las mías. Son curiosamente pequeñas. 
"Gianira...", abro mucho los ojos al oír mi nombre pronunciado por la voz más dulce del mundo. La sirena me sonríe, "sí, sé tu nombre: lo elegí yo. Antes de poder explicarte nada debo hacer algo terrible. Te va a doler tanto que pensarás que vas a morir. Lo siento...".

Aparta sus palmeadas manos. No entiendo qué está pasando. ¿Cómo esta sirena sabe mi nombre? ¿Por qué me siento conectada a ella? ¿De qué está hablando? 
Noto las rodillas húmedas. Miro hacia abajo. Hay agua entrando en la cápsula. Miro horrorizada hacia la nívea sirena que me observa con expresión compungida. ¿Pueden las sirenas llorar bajo el agua?
La cabina se inunda. Golpeo con los puños el cristal hasta que me hago daño y aún así continúo. ¿Por qué me están haciendo esto? ¿Qué he hecho? Grito, suplico, lloro. 
El mar me llega por el pecho. 
Apenas quedan unos centímetros de aire. 
Y me sumerge totalmente.

Aguanta el aire, no aspires. Suelto el aire poco a poco tratando de robar unos segundos más. No me queda más oxígeno. Siento presión en el pecho. Siento la creciente necesidad de inspirar. Me tapo la nariz y la boca intentando resistir. Me va a explotar la cabeza.
E inhalo. 
La sal me araña la garganta, me quema los pulmones. 
Pero, ¿me mata?


miércoles, 31 de mayo de 2017

En la estación

Hi~ Esta entrada está recién salida del horno y necesita algún retoque, pero no quería acabar mayo sin subir una quinta entrada. Está siendo un mes duro y estresante de modo que la escritura está bastante apartada. La que tienes aquí la pensé hace unos días, pero hasta hace un rato no me he puesto a intentar redactarla.
Espero que te guste:

El primer recuerdo que tengo es el de una brumosa estación de tren poco iluminada. Estaba sentada en un banco y los pies no me llegaban al suelo. Desde muy lejos oía el rumor de unas voces, entre ellas las de mi madre. Esa era la más cercana: llegaba desde todas partes a la vez. También escuché una voz más grave, pero estaba tan extremadamente emocionada que me costó identificarla con mi padre. 
De pronto llegó un tren que despedía claridad de las ventanas y cuyo destino era "luz". No sabía muy bien lo que quería decir, pero supe que mamá quería que subiera a él. Una vez dentro, empecé a ponerme bastante nerviosa. ¿A dónde me llevaba aquel tren? ¿Conocería a otras personas al llegar a mi destino? ¿Serían amables?

Así llegué a la primera estación de mi vida donde conocí a mi familia. Era un lugar mucho más grande que aquel del que venía y desde luego con menos bruma y oscuridad. Pasé un tiempo maravilloso en aquella estación y sé que siempre podré volver a ella si necesito un lugar en el que esconderme del mundo. En el tiempo que pasé allí tomé otros pequeños trenes que me llevaron a conocer a otros de mi edad lo cual no siempre fue agradable, pero sí, instructivo.

Durante una época le tuve mucho miedo a los trenes. Hacía bastante que mi abuela no había viajado ni visitado otras estaciones. Estaba cansada de viajar: su vida había sido una enorme aventura llena de cambios de trenes y estaciones y había decidido que ya era hora de establecerse y descansar. Pero un día se fue a lo más alejado de la estación y cogió un tren completamente blanco cuyo destino era "más allá" y no volvió nunca. Por supuesto, yo sabía qué destino era aquel y sabía que era imposible que volviera de aquella lejana estación. Sin embargo, todas las noches pedía que volviera aunque solo fuera una vez. 

Finalmente, decidí que debía coger otro tren y seguir adelante porque no sirve de nada anclarse a cosas o deseos imposibles. Aquel tren tenía como destino "superación". 

Fui cambiando de trenes a lo largo de los años y los destinos siempre eran distintos. "Hermanita nueva" fue uno de los mejores. Estaba decorado lleno de juguetes e ilusiones... Ese es uno de los trenes de los que te bajas con compañía que no te abandona nunca. La mayoría de trenes que he cogido en mi vida han sido fruto de la casualidad o decisiones de última hora, pero este en concreto fue todo lo contrario. Fue la oposición a "más allá", el tren necesario para llenar unas vías vacías. 

Ese mismo año conseguí no volver a subirme al tren "intimidación" porque conseguí introducirme (de nuevo por casualidad) en el tren "confianza en ti mismo". La verdad es que apenas lo pisé, pero fue suficiente por el momento. 
Por desgracia estuve mucho tiempo confundiendo el tren "confianza en ti mismo" con el de "muro de protección" lo cual hizo que mucha gente pensara que era una persona fría. 

Seguí cambiando de trenes y en cierto momento llegó un tren arrasando, totalmente inesperado e imposible de evitar. Ese tren tenía nombre propio y al lado entre paréntesis ponía "amor". Ese tren fue otro de los que te bajas con compañía duradera. El cómo entré en aquel tren fue una experiencia curiosa porque no me di cuenta de que estaba dentro hasta que la persona que conocí en él me cogió en brazos y saltó hacia la estación. Fue solo justo antes de que me alzara que me di cuenta de dónde estaba y solo hizo falta unas palabras susurradas para que me hiciera saltar con él. 

Podría hablar del peor tren de mi vida llamado "segundo de bachillerato", pero preferiría no hacerlo. Fue un tren oscuro, agobiante, asfixiante. No volvería a subirme ni loca. Lo único bueno que me llevé de él fue un amigo que a pesar de tantos cambios de tren no deja que me olvide de él.
En cuanto vimos llegar la estación supimos que teníamos que saltar o el tren volvería a llevarnos y no podríamos soportarlo. Así que cuando vimos que ahí estaba cogimos impulso y...

Fui a parar a un tren llamado "verano", uno que se repetía habitualmente, pero que tenía vagones buenos y malos. Como siempre, el viaje en aquel tren fue extremadamente corto. En ese viaje perdí a una amiga muy querida. No se fue en el tren con destino "más allá", no, por Dios. Simplemente habíamos cogido distintos trenes y no nos habíamos dado cuenta de lo alejadas que estábamos hasta aquel instante. 

De pronto me vi en un tren llamado "universidad" en el que aún estoy. Está siendo un viaje lleno de contrariedades. Por un lado es maravilloso, lleno de risa y libertad; y por otro está siendo estresante, lleno de impotencia y lágrimas. Lo mejor de este tren es una tímida chica que, gracias a lo que haya que dar gracias, decidió acercarse a mí y convertirse en alguien muy cercano. Espero bajarme de este tren con ella y que, aunque cojamos distintos trenes, no nos alejen mucho. El otro mejor punto de este tren es que estoy aprendiendo a conocerme. 

Es algo curioso eso. Nos pasamos la vida tratando de coger un tren con destino "yo" cuando no existe. Nos construimos a nosotros mismos cogiendo otros trenes, conociendo otras personas y otras estaciones. Debemos construir ese tren con destino "yo", debemos construir nuestra estación. 

Yo estoy aprendiendo. Y espero seguir cogiendo muchos trenes con destinos agradables y desagradables, con personas que me ayuden a crecer. 

No tengamos miedo: viajemos.


lunes, 22 de mayo de 2017

Terror

Hello~ He aquí otra de esas entradas que pensé, pero que no pude escribir. Anoche me quedé hasta tarde escribiendo tan en la historia estaba.

La frente perlada de sudor. El aliento entrecortado. El corazón acelerado. Las pupilas dilatadas. 
Un grito reprimido en la garganta. Los ojos moviéndose en todas direcciones. Las manos temblando y sudorosas. 
Miedo.
Una sombra se acerca y el grito se desata. 
---
Era un bonito día de otoño. El sol brillaba con suavidad y rozaba el suelo tras atravesar las anaranjadas hojas de los árboles. Estas cubrían el suelo cual alfombra de colores apagados y a la vez vibrantes. 
Hacía el frío justo para llevar jersey y botas, pero para poder pasear por la calle. 
Marla y sus amigos pasaban una tarde tranquila en el parque, riendo de tonterías y jugando a las cartas. 
La fiesta de los muertos se acercaba y planeaban qué iban a hacer y de qué se iban a disfrazar. Tal vez dar una vuelta por el centro del pueblo, tal vez ir a casa de alguno... nada demasiado emocionante. 
"Ojalá pudiéramos ir a la ciudad". 
"También podemos ir a la casa abandonada del otro lado de la colina".
"¿En el bosque? ¿De noche?".
"¡Venga! ¿Es que tienes miedo?".
"Que va. Ya somos mayorcitos para que nos dé miedo eso, pero no sé...".

La noche llegó y estaban todos en el centro aburridos. "¿Quién se atreve a recorrer la casa abandonada?". Todos pusieron los ojos en blanco y se rieron. 

Las hojas anaranjadas y verdes eran negras. El suelo parecía un inmenso agujero a punto de tragarlos hasta lo más profundo de la tierra. Las estrellas brillaban como mil perlas sobre terciopelo, la luz de la luna apenas llegaba a tocar a los chicos tras atravesar las espesas ramas. 
Cuando parecía que se habían perdido, cuando varios ya se habían dado la vuelta, cuando pensaban que nunca encontrarían la casa esta apareció como una visión fantasmal.
Dos pisos de piedra clara que refulgía blanca y plateada como la luna. La bruma rozaba los cimientos. Las ventanas de cristales rotos sonreían como bocas melladas. El tejado de madera estaba desplomado en ciertas zonas. 

Los chicos rieron nerviosos. Nadie quería admitir que tenían miedo. Era un miedo irracional y reconocerlo era de cobardes...
"Va, ¿quién entra?", más risas extrañas, empujoncitos, miradas rápidas, esquivas.
"Bah, sois unos cobardes", dijo Marla, "yo entro".
Tenía que subir al segundo piso y saludar. Tan simple como eso.

Sola y con la boca seca se acercó hacia la casa. Daba pequeños pasos, despacio, como si así tal vez pudiera desaparecer y de pronto estar en su casa y no en aquel lugar escalofriante. ¿No le había contado alguien que allí la niñera había asesinado a la familia a la que servía? ¿No le había dicho alguien que primero había envenenado a los padres y luego había cazado a los niños por toda la casa? Casi podía oír los chillidos de los pequeños... "No, solo es el viento, Marla".
Agarró el pomo como si quemara y empujó. Tras ella solo había silencio. Se giró y vio a sus amigos muy pegados entre sí. Parecía que estuvieran a mil kilómetros y no a solo unos metros. Les hizo un gesto tranquilizador y ellos le respondieron.

Entró y dejó la puerta abierta. La luz blanquecina apenas dejaba adivinar el interior. Los ojos de Marla se acostumbraron poco a poco y vio la gruesa capa de polvo que lo cubría todo como una sábana mugrienta. El suelo crujía como la espalda de un viejo. Apenas dio unos pasos, insegura, cuando la puerta se cerró de un golpe. Se volvió bruscamente y se tapó la boca con ambas manos para evitar que el grito que subía por su garganta saliera. Si gritaba, perdía. "Viento, Marla, solo viento". Pero y si... "No".
Había varias puertas, pero decidió buscar directamente la escalera. "No soy una cobarde, pero tampoco tengo por qué entretenerme aquí dentro... En las casas antiguas las escaleras solían estar por ahí". Apenas dirigió una veloz mirada al salón. Algunos muebles tirados, una chimenea llena de hojas podridas, una cortina que dejó de moverse al pasar los ojos por encima... "Encuentra la escalera, concéntrate".
La escalera era ancha con los escalones desgastados y resbalosos. La piedra del pasamanos estaba helada como la piel de un muerto. "No pienses en muertos", pensó tragando saliva y retirando la mano. Dos escalones más... Marla soltó un gemido ahogado al resbalar. "Oh, Dios, ¿por qué he sentido frío en un tobillo? Algo me ha agarrado, Dios, tengo que salir de aquí. No, no. Respira. Habrá sido la tobillera al moverse. Uf, que dolor de rodilla... Condenada escalera".
"Nunca mirar atrás. Solo verás oscuridad y no hay necesidad de asustarte tontamente". Siguió caminando con la respiración algo más acelerada, tratando de no mirar cada esquina. "Ya estás en el segundo piso, solo queda buscar una ventana".
Un susurro a su espalda. Un escalofrío recorrió su columna vertebral y la dejó rígida cual vela. "Saca tu móvil. Ilumina el camino. Será más fácil". ¿Por qué sus manos no dejaban de temblar? Así cómo iba a sujetar nada. Consiguió meter la mano en el bolsillo, pero el móvil se le resbaló de entre los dedos y fue a parar al suelo donde hizo un ruido exageradamente fuerte. Marla cerró los ojos una milésima de segundo y apretó los labios. Un nuevo susurro detrás. Se agachó. ¿Dónde estaba el móvil? ¡Estaba ahí! ¿Por qué no lo encontraba?
Una voz. Aquello ya no había sido un susurro. Era ella. Era la niñera. "Dios, cree que soy uno de los niños". Olvidando el móvil y fue corriendo a la primera habitación que encontró.
Muebles azul pastel, un tren de juguete olvidado hasta por el tiempo... "No, no, no, no... La habitación de uno de los niños. No. No puedo estar aquí. ¿Dónde hay una ventana?". Todas tapiadas. "¿Pero desde fuera no se veían abiertas? ¿Dónde me he metido? Corre, corre a otro sitio".
Una habitación y después otra. Todas con ventanas tapiadas. Entró en una con muebles tapados con largas sábanas blancas como un laberinto fantasmal. "No son voces, no son voces: son las sábanas, son las sábanas... Pero entonces ¿por qué no dejan de susurrar? ¿QUÉ SUSURRAN?".
"Susurran tu nombre", dijo una voz.
"¿Quién ha dicho eso? ¡Me estoy volviendo loca! ¿Cuánto tiempo llevo aquí?".

Otro cuarto, este vacío e infinito. Las paredes apenas eran sombras que delimitaban el espacio. Una risa recorrió las sombras. "Ya te tengo".
"¡No!". Empezó a correr. La puerta tenía el cerrojo echado. Las manos le temblaban tanto que apenas podía sujetar el enganche. "Dios, ¡está detrás! ¡La tengo detrás!". Ese aire helado debía de ser su aliento putrefacto. No podía ser otra cosa.
El cerrojo por fin cedió. Cerró la puerta tras de sí y se apoyó contra ella.

Una extraña sombra daba vueltas en el centro de esta habitación. "No, ¡no!". "Sí... ya eres mía".
"Vuelve atrás, ¡corre!". Salió de nuevo. No había tiempo de cerrar la puerta y echar el cerrojo. "Tengo que salir de aquí, ¿CÓMO SALGO DE AQUÍ? Me tiene atrapada".
Las lágrimas abnegaban su rostro, apenas podía respirar, el corazón parecía a punto de salirse de su pecho.

"¡Las escaleras! ¡Ahí están!". Fue corriendo hacia ellas y empezó a descenderlas saltándolas de dos en dos.  
La frente perlada de sudor. El aliento entrecortado. El corazón acelerado. Las pupilas dilatadas. 
Un grito reprimido en la garganta. Los ojos moviéndose en todas direcciones. Las manos temblando y sudorosas.

"¿Marla?".
"¡Sabe mi nombre! ¡Estoy perdida!".
Frenó en seco. La sombra repitió su nombre y empezó a subir. "¡NO!". Corrió de nuevo escaleras arriba. Tropezó con algo y cayó al suelo levantando una nube de polvo tan espeso como la niebla de fuera.
No tuvo tiempo de levantarse. La sombra se inclinó hacia ella.
Marla dejó salir aquel grito que llevaba tanto tiempo en su garganta y sintió un enorme dolor en el pecho.

---

"¿Cómo que ha fallecido", dijo la madre de Marla, "¿qué ha ocurrido? ¿Por qué no han podido salvarla?".
"Señora, Marla murió cuando llegamos. Tuvo un infarto. Había pasado toda la noche dando vueltas por la casa al parecer creyendo que la perseguía un fantasma... Al llegar los bomberos confundió a uno de ellos y su corazón le falló... Lo sentimos".



jueves, 18 de mayo de 2017

Fracaso de canto a las palabras

Buenas noches~ El título de esta entrada se debe a que la escribí hace unos días y la dejé a medias porque no me gustaba cómo estaba quedando. Y, por ponerle un nombre, le puse ese. Al releerlo ayer vi que tampoco estaba tan mal y lo terminé. El título no cambia porque no sigue la idea original (que ensalzaba mucho más las palabras).
Espero que te guste:

Cuando las palabras te susurran es necesario dejarlo todo y escribirlas, como si de un bebé lloroso se tratase. 

Palabras. Esos pequeños seres tan indispensables para algunos pobres diablos como yo que casi bebemos de ellas. Palabras fuertes, palabras suaves. Palabras poderosas, tristes, enfurecidas. Palabras de amor y odio, de amistad y enemistad.

Todo mi cuerpo vibra con ellas. Me hacen sentir viva y, a veces, útil y necesaria. Llenan mis pulmones con aires frescos, oxigenan mi cansado cerebro y cambian ciertos indeseables pensamientos por otros más luminosos.

La gran frustración del escritor es no dar con las palabras adecuadas. El miedo al papel en blanco es paralizador.
Ahora mismo casi siento cómo se me derrite el cerebro por las orejas. Necesito plasmar una idea (lo importantes y bellas que son las palabras) y no doy con ellas. Quiero hablar de ellas y me abandonan. Qué ironía.
Me siento frustrada.

Las palabras son unos seres muy delicados y sensibles. Si las fuerzas, se rompen. Hay que tratarlas con suavidad, susurrarlas antes de gritarlas y solo hacer esto último en casos desesperados.
Son seres celosos y rencorosos. Si las dejas durante un tiempo por pasatiempos con menos clase (según ellas) como por ejemplo la televisión, cuando vuelvas con ellas o intentes volver con ellas, no se acercarán a ti tan fácilmente como te gustaría. No, al principio te ignorarán como si no existieras. Después, te rozarán y se retirarán dejándote con la miel en los labios. Te frustrarán para ver si eres persistente y realmente quieres volver con ellas o si te rindes enseguida. Solo cuando demuestras tu amor por ellas (e incluso tu necesidad por ellas) te dejarán jugar con ellas. 
También son unos seres muy susceptibles así que cuidado con dejar a medias un texto. Es posible que cuando vuelvas ya no seas capaz de acabarlo. 

Dicho así casi parecen horribles, pero son bellas, extremadamente bellas. Las hay feas, claro está, pero incluso en ellas hay belleza. En la sonoridad, en la combinación de letras, en el origen, en el ritmo... 

Y, por encima de todo ello, las palabras son lo que nos distingue como seres inteligentes. Sin ellas no somos más que otros animales. Incluso cuando no las pronunciamos las palabras vuelan para llevar nuestros pensamientos a otra cabeza. Como si fueran seres independientes de nosotros. Como si existieran antes de que nosotros las inventaremos (o descubriéramos, no sé).

Las palabras son esos seres superiores que se ponen a nuestro servicio para que nos sintamos mejores que el resto de especies.

No entraré en la tesitura de la existencia o no existencia de Dios, pero no por nada otro de los nombres que se le dan es se La Palabra o El Verbo.
Pensadlo.


miércoles, 17 de mayo de 2017

La bruma al final de la escalera

Buenas~ Madre mía, que semanas de estrés. He tenido varias ideas para entradas, sobre todo por la noche, pero estaba siempre tan cansada que me quedaba dormida antes de plasmarlo. Esta es una de esas que se me ocurrieron.
Espero que te guste:

Arriba, arriba, arriba. Un pie detrás del otro. Sigue subiendo. No te detengas, continúa.
Un escalón y después el siguiente y así hasta que llegues arriba. 
Miro hacia arriba y miles de escalones me miran desde la distancia. ¿Conseguiré llegar? 
Cada escalón es diferente y, aunque algunos se parecen, ninguno es igual. Los hay fáciles de subir, los hay que apenas te das cuenta que los has dejado atrás, los hay agradables... pero también los hay difíciles de subir, los hay que nunca olvidas y los hay desagradables, muy desagradables. 
Sigo subiendo temiéndole a los escalones desagradables. Sé que estoy llegando a ellos. No me puedo desviar del camino: es lo que he elegido. Pero ojalá fuera un camino mejor. 

"En realidad", pienso mientras sigo caminando, "los escalones en sí no son tan horribles. Son los otros obstáculos. Las hojas que me hacen resbalar, las piedras que me hacen tropezar, las ramas con las que me enredo... todo aquello que me hace caer".
No, el camino es el que quiero recorrer, pero los obstáculos... ay, los obstáculos. Sí, es cierto, me hacen convertirme en una persona más fuerte. Pero, ¿a costa de qué?
No quiero perderme a mí misma.
Intento apartar los obstáculos, pero hay algunos que están impuestos, que deben acompañarme. Así que intento aprender a vivir con ellos.

Hay otras escaleras junto a la mía. A veces se cruzan con la mía, a veces se unen tanto que acabo caminando junto a otra persona. Muchas veces nuestras escaleras se vuelven a separar, pero siempre queda esa unión en el camino. En algunas ocasiones veo escaleras vacías de personas que no han terminado de subir. Estas ocasiones son muy tristes. Hay momentos en los que no veo otras escaleras a mi alrededor y momentos en los que hay tantas que casi no cabemos.
Alguna vez fantaseo con caminar por otras escaleras: unas son de piedra, otras, de madera, otras, de metal; unas apenas tienen obstáculos, otras los tienen escondidos, otras los tienen a montones y apenas les dejan subir. Al final siempre me alegro de caminar por mi escalera. 

Sigo subiendo y me pregunto a dónde me llevará la escalera. 
Sé más o menos a dónde, pero la bruma lo esconde. Ojalá tuviera una luz que alumbrara lo alto de la escalera. O tal vez no. Siempre me han gustado las sorpresas, el ir descubriendo conforme avanzo.
A veces miro la bruma y me angustio. 
¿Y si no es lo que espero? ¿Y si lo que imagino no coincide? Y, una vez que haya llegado arriba, ¿habrá más escaleras? ¿Hasta dónde habré de subir?

A veces lloro al mirar la bruma.
A veces la bruma me emociona.
Y siempre sigo subiendo hacia la bruma.

Que por alguna razón siempre está muy arriba.

Y entonces pienso: "tal vez la meta no es la bruma, tal vez no es ese arriba. Tal vez no llegue nunca arriba. Porque tal vez lo importante es la marcha, siempre subiendo por mi escalera, conociendo otras escaleras, amando otros caminantes. Tal vez lo que de verdad importa no es la bruma, sino disfrutar subiendo, siempre subiendo... y sonriendo".