sábado, 14 de octubre de 2017

¿Ya no quieres jugar, Sara?

Buenas noches~ Últimamente ni me acuerdo de escribir de tan ocupada que estoy. Esta entrada se me ocurrió la semana pasada, creo, y la he escrito hoy (eso de tener que ir a la lavandería a hacer la colada y no tener internet ayuda...). Leer a Stephen King y ver Stranger Things no ayuda a que deje de escribir entradas oscuras...
Espero que te guste:

Sara no tenía hermanos. Tampoco se le daba especialmente bien hacer amigos. Sus padres trabajaban mucho y, cuando no estaban fuera, estaban delante del ordenador en casa. En resumen, Sara era una niña bastante solitaria. 
Jugar sola era muy aburrido así que Sara siempre llamaba a Ángela. Sara no recordaba cuándo ni dónde había conocido a Ángela. Solo sabía que cuando quería jugar con alguien solo tenía que ir al patio y llamarla muy bajito. Ángela de pronto estaba detrás de ella. 

Ángela no hablaba nunca, pero a Sara no le importaba porque así ella podía hablar por las dos. A Sara le encantaba hablar. Sabía que a sus padres les molestaba tantas palabras y por eso estaba encantada de que a Ángela no le importara.
Siempre jugaban en la habitación de Sara porque no quería que sus padres las regañaran y, sobre todo, porque no estaba segura de que Ángela pudiera estar allí. 

Ángela era un poco rara, en opinión de Sara. Nunca comía ni bebía cuando era la hora de la merienda y mamá le hacía un bocadillo. Sara siempre pedía que se lo partiera en dos alegando que era para poder comerlo mejor. Pero Ángela siempre negaba con la cabeza. Esa era la otra cosa rara. Vale que no hablara mucho, pero ¿ni siguiera decir “no”? Y lo último era que siempre iba con el mismo vestido azul. Sara no decía nada al respecto porque sabía que hay gente pobre que no puede cambiarse de ropa a menudo y no quería que Ángela se sintiera mal. 

Así que pasaban las tardes jugando, contando historias y riendo. No era fácil hacer reír a Ángela. Como mucho sonreía. Sara se contentaba con eso. Una vez consiguió incluso que mostrara los dientes, lo cual consideró un logro personal. 

Ángela siempre insistía para quedarse por la noche, pero Sara le decía que no podía: sus padres se enfadarían. Ángela fruncía el ceño y se iba. Sara no comprendía por qué era tan insistente. Si no se podía, no se podía. 
En cierto momento, Ángela dejó de pedir quedarse por la noche. Sara estaba aliviada porque no le gustaba que se fuera enfadada. En cambio, empezó a pedir bajar al sótano. Sara le había dicho que allí había más juguetes y quería verlos, decía. “Pero es que no me dejan bajar sola”, le respondía Sara. 

Una tarde en que Sara estaba sola con su padre, Ángela le escribió a Sara que podían aprovechar para ir al sótano, que sería como una aventura y que su padre siempre se ponía música para trabajar así que no se enteraría de nada. Sara no estaba muy convencida, pero se veía tan entusiasmada a Ángela que aceptó. 
Salieron de puntillas al pasillo, esquivaron la plancha de madera que sabían que crujía, encendieron con cuidado la luz del sótano arriba de la escalera, cerraron la puerta y bajaron despacio por la espiral de escalones. 

Abajo solo había una estrecha ventana por la que apenas entraba luz pues ya era tarde. En las múltiples estanterías reposaban muñecas, playmobil, cuerdas de saltar, pelotas… Sara empezó a mostrarle sus juguetes favoritos cuando Ángela habló por primera vez desde que se conocían.
“No me gusta esta luz”. Un escalofrío recorrió la espalda de Sara que se quedó helada. Nunca había escuchado una voz parecida. Era humana y a la vez era imposible que saliera de un cuerpo humano. Era suave y a la vez tenía un toque metálico chirriante. Salía de la boca de Ángela y parecía llegar de todas partes por igual. Sara se llevó las manos a las orejas en un intento por alejarse de aquella voz. Una milésima de segundo después la luz se apagó. 

Sara abrió mucho los ojos, asustada. La luz azulada que apenas entraba por el ventanuco iluminaba el vestido de Ángela de forma que parecía que estuviera rodeada por un halo. 
Sara retrocedió y se dio con las estanterías en la espalda. Ángela sonreía ampliamente, mostrando todos sus dientes que ahora parecían mucho más afilados, como los de un animal. “¿Ya no quieres jugar, Sara?”. La interpelada murmuró un “no” que le supo salado. “Oh, ¿vas a llorar tan pronto? Pero si aún no he hecho nada”, la sonrisa se amplió tanto que toda posible naturalidad desapareció. Parecía un macabro muñeco de plastilina al que han estirado demasiado. 

“¿Sabes? Jugar contigo todo este tiempo ha sido horrible. ¿Cómo puedes ser tan charlatana y aburrida? Y yo teniendo que hacerme la buena y seguirte el juego. ¡Qué horror!”. La cosa que se llamaba Ángela se fue acercando. Sara pudo oler podredumbre, tan intensa que se mareó. Era una mezcla entre tierra húmeda y carne podrida. 
“¿Qué eres?”, susurró Sara. “Tu amiga invisible no, desde luego”, rió la cosa, “¿realmente pensabas que era eso? Vaya imaginación entonces… No. ¿Sabes lo que eres tú? Eres una usurpadora. Una maldita usurpadora. Yo debería ser tú porque yo estaba aquí antes que tú. Papá y mamá son míos. MÍOS, ¿ME OYES? Así que ahora voy a tomar el lugar que me pertenece”.

La cosa levantó los brazos. Ahora la piel parecía fina y tan blanca que casi rozaba lo transparente. La carne le colgaba algo flácida de los huesos. Las uñas eran garras. El vestido ya no era bonito ni reluciente, sino un conjunto de harapos desgarrados y sucios. Las mejillas se le escurrían de la cara. Los ojos se le salían de las órbitas. De la cabeza caían mechones enmarañados que cubrían calvas viscosas. 
Sara empezó a gritar. El grito encarnaba terror puro, de ese que solo los niños que no entienden lo que les está pasando pueden sentir, de ese que sale del fondo del alma. Se sentía paralizada, los miembros estaban helados y se negaban a ponerse en movimientos. Solo la garganta parecía funcionar. El grito se alargaba y alargaba pareciendo interminable. 
La cosa empezó a gritar también, exigiendo que se callara. Pero Sara no podía dejar de gritar. Era gritar o morir de miedo. 

De pronto una puerta se abrió y se escucharon pasos apresurados bajando por la escalera de caracol. “¿SARA? ¿SARA ESTÁS BIEN?”. La cosa puso cara de espanto. No era eso lo que esperaba que pasara. Estaba ya tan cerca de la niña… a unos centímetros apenas. 
El padre apareció en el último escalón con mirada de asustado. Se le desencajó la cara al ver la escena. Por un momento pareció como si fueran una película puesta en pausa. 
“Dios mío, Ángela, cariño, ¿eres tú?”. La cosa retrocedió un paso, impresionada. El padre avanzó hacia ella. “Sara, no tengas miedo. Papá está aquí y ella no te va a hacer daño”. Las rodillas de la niña fallaron y cayó al suelo. Él le dio un beso en la cabeza y se acercó a la otra niña. Su aspecto de podredumbre estaba desapareciendo poco a poco. Ángela lloraba.
El padre se arrodilló junto a Ángela y la abrazó. La niña se derrumbó sobre su regazo y comenzó a sollozar. “Lo siento mucho, Ángela. Sé que cuando mamá se quedó embarazada de Sara te dejamos un poco sola”, el hombre tragó saliva visiblemente dolido, “sé que hiciste aquel pastel para hacernos felices. Y no fue culpa tuya que saliera todo tan mal. No fue culpa tuya la explosión… Fue culpa nuestra. Y lo sentimos mucho, cariño mío. Te echamos muchísimo de menos. No te hemos sustituido por Sara. Ella tampoco tiene la culpa. Ahora tienes que calmarte e irte. Debes irte a un lugar mejor donde estarás en paz. Te queremos muchísimo, Ángela, y siempre te querremos”. 
La niña miró a Sara con remordimientos. “Papá, ella también piensa que no le hacéis caso. Tened cuidado”, miró a Sara de nuevo, “Lo siento, hermanita. No quería hacerte daño. Cuidaos. Os quiero”. 

Y como si nunca hubiera existido, Ángela desapareció.

Brad Kunkle

martes, 19 de septiembre de 2017

Underwater V

Hi~ Sé que son trozos cortos, pero prefiero esto a estar mucho (mucho) tiempo sin subir la continuación. Así voy escribiendo cuando me sale y puedes ir leyendo poco a poco. Te dejo aquí la VI parte por si no la recuerdas.
Espero que te guste:

Mi tía siempre me decía de pequeña que respirar algo de agua de mar no era malo, al contrario: "te limpia las vías". Pero era desagradable, muy desagradable. 
Ahora noto esa sensación, pero en todas las vías respiratorias. Es como si estuviera totalmente llena de agua. Todo el cuerpo me arde como si todos los músculos estuvieran vibrando. Me duelen los huesos, especialmente los de las piernas. Tengo un extraño cosquilleo entre los dedos igual que cuando te pica en un sitio, pero no sabes exactamente dónde. 
No sé qué es lo peor. Así que grito. No hay aire en mi cuerpo y lo que sale de mi garganta es un sonido agudo chirriante, tan fuerte que parece que me vaya a perforar los tímpanos. 
Abro los ojos sorprendida y veo a todas las sirenas tapándose los oídos con cara de dolor. La de cola de nieve me mira atentamente, angustiada. 
La sensación de ahogo persiste unos segundos más y de pronto puedo respirar. Levanto los brazos y me doy cuenta de dos cosas: veo perfectamente bajo el agua y tengo las manos palmeadas. La sensación de cosquilleo casi ha desaparecido. 
El calor en la parte superior del cuerpo es casi inexistente ya, pero en las piernas es cada vez mayor... y observo con creciente horror cómo de la piel me están creciendo escamas. Y no solo eso: con un crujido sordo y un dolor desgarrador se me están partiendo los huesos y recomponiendo en un solo trozo de carne. No puedo seguir mirando. El dolor es cada vez mayor hasta que me desmayo. 


domingo, 17 de septiembre de 2017

Velas en el mar

Bonjour~ Te escribo desde Burdeos, donde voy a pasar este año. Estoy super ocupada así que lo de escribir está de nuevo en un segundo plano. Pero tengo muchas ganas de seguir con este relato así que a ver. Esta entrada está resultando ser mucho más larga de lo que pensaba en un principio, por lo que la voy a dividir en partes. Espero no tardar tanto como Underwater en escribir las siguientes partes, aunque no prometo nada.
Espero que te guste:

Maravillas submarinas, exóticos destinos, cantos de sirena, batallas en la profunda negrura de la noche. Las historias de piratas se componen de muchos elementos que dejan fácilmente boquiabiertos a niños y muchas veces también a adultos. Fascinantes historias de libertad con la que hombres y mujeres civilizados sueñan. 

Para mí no son eso. Para mí son horror, miedo indescriptible y asfixiante. Aunque no siempre fue así. Ahora son una señora mayor, abuela de tres preciosidades a quienes les escribo esta carta. Porque veo mi final próximo y esta historia debe conocerse, al menos por mis seres más queridos. Mi hija nunca me creería. Piensa que los cuentos de piratas que le contaba de pequeña no son más que eso: invenciones. No quiere creer que realmente me ocurrieron. Significaría que la historia que inventamos para nosotras, para poder vivir normalmente, es mentira. Significaría que todo su mundo, que todo lo que ella es y ha construido a su alrededor no es más que una casa de papel a la orilla del mar, esperando frágilmente e indefensamente que una ola la destruya. 
Por ello espero que mis nietos sepan ver la verdad en los cuentos de mamá y la abuela.
Para mí realmente empezó como un cuento de princesas... solo que nunca he sido una princesa y mi salvador era un pirata.

Yo era una muchacha frágil, delgada, de huesos finos, siempre enferma... o eso me hacía creer mi madre. No soportaba la idea de que saliera de casa así que inventaba una excusa tras otra para retenerme. Para mi padre yo no era más que un instrumento para conseguir subir en la escala social a través de mi casamiento de modo que le importaba bien poco todo lo que ocurriera antes de eso. Siempre y cuando yo estuviera disponible para cuando él decidiera casarme. 
Así, pasé sola mi infancia, la mayor parte del tiempo en cama aún cuando no estaba enferma... cosa que ahora me doy cuenta que en realidad apenas ocurría. Llegué a la adolescencia creyendo realmente en mi fragilidad. En cierto momento mi padre decidió que debía salir al mundo, lo cual provocó una llorera impresionante a mi madre. Yo tenía un miedo terrible. 

Sin embargo, el mundo exterior me resulto precioso. El movimiento de la gente, el trajín del puerto, los barcos crujiendo, las gaviotas riéndose de nosotros, los niños jugando a voces... No podía parar de sonreír. Me di cuenta de lo sola que había estado hasta entonces: afuera todo estaba lleno de vida y yo había estado pudriéndome.
Me dieron permiso para salir durante el día cuando quisiera siempre que fuera acompañada. Fue la mejor semana de mi vida. Hasta que una tarde mi padre me anunció que íbamos a una fiesta en la que sería por fin introducida en sociedad. Yo imaginaba música, baile y otros jóvenes a los que conocer. Nada más lejos de la realidad. Mi padre me llevaba ahí para buscarme un marido que le conviniera para seguir ascendiendo. Y para ello debía casarme con un hombre de su edad. No de la mía.
Mi horror al comprenderlo casi me deja sin respiración. "Mantén la compostura, Camille, estás en presencia de hombres respetables. No lo estropees".
Traté, con toda sinceridad, de buscar aspectos positivos en esos hombres... pero me fue imposible. Solo la manera viciosa en que recorrían mi cuerpo con la mirada era demasiado para mí. Si hablamos de las sonrisas lascivas, podéis imaginar.
En cuanto pude me escabullí de aquella trampa. Me lancé llorando a las calles oscuras tratando de no derrumbarme al imaginar mi futuro. Había sido tan bella la sensación de libertad de aquella semana...

De alguna forma llegué al puerto que, a pesar de ser tan tarde, aún estaba ajetreado. Busqué un rincón tranquilo donde esconderme y acabé sentada sobre un montón de cuerdas y los pies flotando por encima del agua en una zona un poco apartada del jaleo.
Estaba inclinada sobre mis rodillas intentando no llorar cuando oí una voz a mi lado.
"Tú no eres de por aquí, ¿verdad?". Levanté la cabeza de inmediato, asustada. "Vaya, qué ojos tan bonitos", dijo con una sonrisa. Tenía el pelo desgreñado, la ropa ajada y la piel sucia, pero apenas reparabas en ello al verlo. Su mirada gris te acaparaba y no te dejaba ver nada más.
"Sí que soy de por aquí". Se rió como si hubiera hecho una broma. "Entonces es que no sabes nada del mundo. ¿Cómo se te ocurre estar sola en el puerto de noche? ¿Quieres que te hagan Dios sabe qué?". Negué con la cabeza, dándome cuenta de pronto de lo tonta que había sido. "Bueno, ahora no tienes por qué preocuparte. Si me ven contigo, no se acercarán. ¿Cómo te llamas?".
En ese mismo momento debería haberme levantado e ido a mi casa. Sin mirar atrás. Sin preguntarme nunca quién sería aquel muchacho. Pero no. Respondí que Camille.
"A mí me llaman Gris, aunque mi nombre es Anton", miró hacia la negrura del mar y suspiró, "¿te gusta el mar, Camille?".
"Nunca he navegado y hasta hoy no lo había visto nunca, pero me encantaba escucharlo en la distancia".
"Es como un amigo que siempre está ahí, ¿verdad?", lo miré sorprendida porque era justo lo que pensaba. "¿Te gustaría navegar, Camille?".
"No puedo. Tengo... responsabilidades". Anton soltó un resoplido ahogado de risa. Lo miré ofendida.
"Perdona, perdona. ¿No te referirás a casarte con alguien a quien no amas para contentar a tu familia, no?", aparté la mirada con la sensación de que me había leído la mente. "Conque sí, vaya. No soy nadie para hacerte pensar de otro modo, pero me veo obligado a decirte que no es necesario que vivas como te dictan. Puedes decidir. Anda, ven, te acompaño a casa".

Sus palabras me rondaron la cabeza toda la noche. Mi padre volvió a casa y recibí una de las mayores regañinas de mi vida. Pero, por alguna razón que no comprendí, no me molestó. Casi ni lo escuché.
A la mañana siguiente despisté a mi acompañante y fui al puerto. Anton estaba en el mismo lugar de la noche anterior. Parecía que me estuviera esperando. Seguía desaliñado, pero su sonrisa me iluminó como un rayo de sol. Pasamos la mañana paseando y hablando del mar, de barcos y de libertad. Estaba completamente fascinada. Era como si me contara un cuento y luego me prometiera que podía hacerlo realidad. Así pasó una semana.

Una mañana no apareció. Pasé horas esperándolo y buscándolo por los muelles. Volví triste a casa y encontré una nota que decía que fuera esa noche al puerto. Estaba tan emocionada y nerviosa que parecía que me fuera a dar un ataque. Las horas se estiraban como una masa pegajosa mientras trataba de aparentar normalidad.
Cuando por fin llegó la noche me escapé con dificultad y fui corriendo porque caminar me resultaba imposible. Anton me esperaba totalmente cambiado. Su aspecto desaliñado había desaparecido y olía a limpio. Sus ojos grises brillaban con más intensidad aún.
Me dijo lo mucho que se alegraba de verme y se disculpó por su desaparición. Y me pidió que me fuera con él. "No te lo he dicho hasta ahora, pero trabajo de marinero en un barco con una posición lo suficientemente alta como para que me dejen llevarte a bordo". No me lo podía creer. Lo miraba como si se fuera a desvanecer ante mí y, de hecho, esa era la sensación que tenía. No podía irme. Y él se iba a marchar. Se acercó a mí y me cogió una mano. "Ven, quiero enseñarte algo". Me ruboricé y asentí.
Me hizo subir a un bote iluminado por un único farol y comenzó a remar. Aunque debería haberme sentido inquieta, no fue así. Me llevó lejos del puerto, hacia la cala. Empezaron a aparecer velas en el mar. Decenas de farolillos que flotaban sobre el agua mostraban el camino hacia un gran barco también iluminado bellamente. Contuve mi respiración un momento admirando la belleza de aquel instante. Anton sonreía.
Subimos al barco desierto y, sosteniendo mi brazo con firmeza, me paseó por la hermosa cubierta. "¿Te gusta, Camille? Lo he preparado todo para ti". "Es precioso... Gracias".
Me acarició la mejilla con suavidad infinita. Inspiré hondo mientras intentaba domar mi corazón desbocado. Deslizó una mano por mi cintura y se acercó aún más. Mis manos estaban sobre su pecho. No podía apartar los ojos de los suyos. Parecía que aquel gris niebla me envolvía.
Y me besó. Labios cálidos, suaves... y malditos.


miércoles, 23 de agosto de 2017

Perseguida

¡Hola!~ En un viaje de avión de doce horas te da tiempo a muchas cosas además de quedarte cada vez más agarrotado... Yo he aprovechado que tenía una entrada empezada desde hace un par de meses y no había encontrado un rato lo suficientemente largo para terminarla (sí, estoy bastante ajetreada este verano también). Así he pasado casi una hora. No está mal. Ha sido de esas entradas absorbentes en las que sabes exactamente qué va a pasar y te emocionas escribiendo. Ha sido divertido. Y he de darle las gracias a Stephen King que me ha vuelto a meter en esto de las historias tensas, por llamarlo de alguna forma. 
Espero que te guste:

La tierra blanda se hundía bajo sus pies embutidos en botas de cuero marrón. El aire caliente la ahogaba. Las ramas de los árboles le arañaban la piel y se le enredaban en el pelo. 
Correr sin hacer ruido parecía casi imposible. Las ganas de gritar le escocían la garganta, pero no, no podía gritar: la delataría. Todo hacía demasiado ruido: el suelo con sus hojas crujientes, los árboles con sus ramas quebradizas, su respiración acelerada. 
Su pie tropezó con algo y la hizo caer dando un golpe sordo y dejándola sin aire. Se quedó helada por un instante, escuchando el inquietante silencio.
"¿Te has cansado de correr, Lidia?", dijo su mayor pesadilla demasiado cerca de ella.
Lidia contuvo la respiración. Tenía que levantarse, seguir huyendo. Las botas le abrasaban los pies, pero sabía que descalza no llegaría muy lejos. Le apretaban tanto los dedos meñiques que pensaba que acabarían explotando para dejar espacio. ¡Malditas sus ganas de intentar hacer creer a los demás que no tenía los pies tan grandes! ¡Maldita coquetería! 

Los pasos del hombre se alejaron y Lidia se puso de pie con cuidado. Una espinilla le sangraba sobremanera y le escocían las manos de la caída. "No importa, venga". Ahora en vez de correr andaba rápido, siempre intentando no hacer ruido. 

"A este paso me voy a quedar calva", pensó casi riéndose. "Dios mío, estoy perdiendo la cabeza, ¿qué hago pensando en esto? Aunque en realidad me harían un favor dejándome calva: este maldito rubio es como una antorcha que grita 'eh, estoy aquí, atrápame'". 
Un recuerdo la golpeó como una bala. El recuerdo de una vez en que dijo exactamente eso a alguien que amaba. A un monstruo vestido de humano. Se apoyó contra un tronco de pronto ahogada.

The Weeknd sonaba por los altavoces de la casa, solo algunas luces tenues iluminaban las habitaciones, un olor suave a velas lo invadía todo. "¡Estoy aquí!", había gritado desde detrás de una columna. Él se había vuelto y ella había salido corriendo a buscar otro escondite. En el segundo piso lo había perdido de vista un instante en una sala de cortinas moradas que filtraba una leve luz de aspecto mágico. Se había entretenido un momento admirándolo y de pronto unos brazos cálidos la rodearon. "No te asustes: solo soy yo". Lidia había suspirado aliviada y tras una risita preguntó cómo la había encontrado. "Eres silenciosa, pero tu olor no desaparece por pisar despacio". Y la había besado.

Pero ahora la respuesta resonaba en su mente. "Dios, me va a encontrar por el olor. No, no puede ser. Me dijo aquello como una broma. Pero, ¿y si...? Siempre me echo un montón de perfume". Sacudió la cabeza como para sacar su propia voz de dentro. No podía entretenerse así. 
Se puso en pie con cuidado. Al menos los vaqueros eran cómodos y resistentes... aunque no se podía decir lo mismo de la camiseta que estaba rajada por varios sitios. El sudor hacía que se le pegara al cuerpo como una segunda piel bastante molesta. 

Creyó oír a lo lejos un gruñido. "Madre mía, hasta ahora no me había parado a pensar en si hay animales en este bosque". Miró a su alrededor buscando tal vez un par de ojos brillantes en la oscuridad o una sombra moviéndose. Sin dejar de escudriñar empezó a andar más deprisa. "¿Debería subirme a un árbol? Sí, tal vez así tampoco él me encontrará. No, nadie va a venir a buscarme. Tengo que llegar a algún sitio con gente".
No, nadie iba a ir a buscarla. Sus familiares y amigos pensaban que estaba a salvo con su rico y encantador novio. ¿Por qué iban a preocuparse? Ya sabían que no podía comunicarse porque arriba en la montaña no había cobertura. Y era una casa estupenda: en el improbable caso de que algo pasara, había formas de avisar al hospital o a la policía. Pero, claro, él había desconectado todos esos aparatos. Lidia los había probado antes de lanzarse al bosque. 
Estaba sola. Sola con el monstruo. 

¿Cómo no lo había visto? No, ¿cómo no había sabido ver tras la máscara?
Lo único raro, si podía llamarlo así, habían sido los largos fines de semana en los que desaparecía. Pero él había dicho que era su trabajo. ¿Quién no le creería con esa sonrisa angelical y esos ojos limpios? 

"¡LIDIA! ¡Deja de esconderte o soltaré los perros! ¿ME OYES? ¡Tu olor te delatará y ellos te destrozarán! ¡No quiero hacer eso: te quiero entera así que SAL!". 
Conque era eso. Perros. Iba a dar comienzo una cacería en toda regla. Subirse a un árbol no era una opción: la encontrarían y estaría en su poder de nuevo. "¡LIDIAA!", volvió a gritar con una voz ronca y enloquecida que hasta ahora no había oído. 
Solo en el coche de camino hacia aquí había notado algo extraño en su voz. Él había dicho que era el cansancio y ella le había creído.

Lidia iba de copiloto, leyendo el periódico del día. 
"¿Has oído el caso de las chicas desaparecidas, cariño? Ya van 19...".
"No", voz extraña, carraspeo, "nada". 
"¿Estás bien?".
"Sí, es el cansancio, no te preocupes. ¿Qué pasa con esas chicas?".
"Eran todas de la misma zona y aún no han aparecido... excepto la mano de una, Dios. Aparte de eso no tienen nada en común. Bueno, la edad, mmm... aquí: entre 25 y 30. Pues vaya pistas, ¡cómo si no hubiera chicas de esa edad! ¡Yo misma encajo!", le dio un escalofrío al darse cuenta de ello. Él no había hecho ningún comentario y habían pasado a otra cosa.
"Dios, es él. No han encontrado a las chicas porque están aquí... Y yo soy la siguiente. A ver, piensa, ¿dónde estaban las perreras? Al oeste de la casa. Él está aún buscándome por aquí, a lo mejor puedo llegar allí antes que él. Sí, vamos".

La ascensión era más dura de lo que había imaginado. Mientras bajaba apenas se había dado cuenta de la inclinación, pero ahora, cansada y dolorida, era un suplicio. Llegó a la casa resoplando y empapada en sudor. No tomó ni un segundo en recuperarse: fue corriendo al cobertizo donde sabía que había veneno contra plagas indeseadas. Allí también abrió un saco de comida de perros y vertió el veneno dentro. Llenó varias escuderas con ello y fue hacia las perreras. Por fortuna, los canes la conocían y no ladraron. Pero tampoco le lamieron las manos ni mostraron cariño alguno. Antes Lidia no comprendía por qué: normalmente le caía bien a los animales. Ahora tenía sentido: para esos animales ella no era más que otra futura presa. "Maldito cabrón con complejo de Ramsay Nieve". La referencia literaria fue tan automática que casi se echó a reír. Todos los perros comieron con avidez: seguramente no habían comido en un par de días. Enseguida unos pocos empezaron a gemir. Al rato uno cayó y no sé levantó. El resto empezó a ladrar lo más fuerte que podía, lo cual no era mucho, menos mal. Lidia volvió a entrar en la casa: aunque alguno sobreviviera, no estaría en condiciones de perseguirla. 

"¿Habrá algún arma de fuego aquí? No sabría dispararla de todas formas. Si salgo de esta, me apuntaré a clases de tiro. Concéntrate. Búscala para que él no pueda usarla. Hazte con un cuchillo o lo que sea". Empezó por la cocina: cogió todos los cuchillos que vio y los metió en una bolsa de tela para el pan. Uno de tamaño manejable se lo colocó de la forma más segura que pudo en el cinturón. Luego fue habitación por habitación buscando y se hizo con una navaja que se guardó en el bolsillo por si acaso también. Pero no había armas de fuego.

Estaba en el baño del segundo piso cuando escuchó un alarido. "Ha encontrado los perros". Cerró la puerta con pestillo y abrió la ventana. Era pequeña, pero ella era menuda. De pie sobre el wáter, primero sacó la bolsa de cuchillos y después introdujo la cabeza con los brazos por delante. Escuchó un portazo en la planta baja. "¡Ya puedes esconderte bien, rubia de mierda, porque esta me la vas a pagar! ¿ME OYES? ¡Voy a por ti!". 
Lidia apretó los dientes y se impulsó con suavidad hacia fuera. A pesar de la puerta cerrada lo escuchaba rompiendo cosas y buscándola. 
Se raspó una rodilla al apoyarla fuera para terminar de salir, pero lo consiguió. "Dios, gracias por estas caderas tan estrechas, prometo no quejarme si algún día doy a luz y me cuesta. Por esto ya ha valido la pena".
Se quitó las botas para poder andar sin resbalarse por las tejas. Se las enganchó a las caderas y colgó la bolsa de cuchillos de una teja algo salida, por encima de la ventana. Con cuidado fue escalando hacia el otro lado del tejado donde recordaba que estaba la habitación grande. El baño estaba en frente de la escalera y rezaba por que él creyera que seguía allí encerrada. 
Descolgarse para entrar por la ventana no fue para nada tan fácil como salir. Él ya había terminado con la planta baja y empezaba a subir las escaleras, cada vez más furioso a juzgar por sus gritos y golpes. 
"Vamos, Lidia, deprisa", pensó demasiado consciente del vacío bajo ella. Tragó saliva tratando de no mirar abajo. Una sensación de vértigo le recorrió la espalda y cerró los ojos un segundo. "Ya, ahora". Y entró cual gato en la habitación. 
Enseguida se agachó tras la enorme cama. Él había llegado delante de la puerta y estaba golpeándola. "LIDIA, ¡sal ahora mismo!".
Lidia agarró con fuerza el cuchillo y pisando suave se acercó a la barandilla de la escalera. Él iba a darse la vuelta. "AHORA, LIDIA".

Se abalanzó sobre él y le clavó el arma en la barriga provocándole un grito que casi le revienta los tímpanos. La segunda puñalada fue más difícil. "Pero qué dura es la piel, ¡muérete", la última palabra trascendió su pensamiento y se coló por su boca. Él no cumplió su deseo y, en cambio, la empujó contra la barandilla. Lidia se golpeó la cabeza y quedó un instante aturdida. Dos de él, aún con el cuchillo clavado, se acercaban a ella. Iba murmurando improperios y maldiciones. 
Lidia se metió la mano en el bolsillo mientras él, con absurda parsimonia se sacaba el cuchillo de la carne. La mancha roja se hizo aún mayor. 
Justo cuando se tiró hacia ella, Lidia consiguió abrir la navaja. 
El dolor fue tan agudo que casi la dejó sorda. Iba a darle otra cuchillada, no había tiempo. Y su mano, veloz como nunca habría creído posible, clavó el puñal en el cuello de él. 
Vio cómo se le agrandaban mucho los ojos. Le escupió sangre en la cara en un último intento de decirle algo. Jamás sabría qué.

Lidia se quedó bajo el cadáver sangrante unos segundos tratando de recuperarse. 
Al empujarlo para quitárselo de encima, notó de nuevo el dolor en el costado. Apenas le quedaban fuerzas una vez libre del peso. 
"En la habitación hay un interfono de emergencia. Por favor, por favor, que no lo haya desconectado". 
Se puso de pie con dificultad y cayó de rodillas. Ayudándose de una mano mientras la otra apretaba la herida fue así hasta el cuarto. Llegó hasta la cama y miró atrás tal vez en una involuntaria comprobación de que el monstruo realmente había muerto. No se movía.

Apretó el botón y un reconfortante pitido le dijo que aún podía albergar esperanzas.

"Emergencias, dígame".



P.D.: Te recomiendo que leas a King: es bastante entretenido. 

domingo, 13 de agosto de 2017

La T

Buenas~ El otro día me preguntaron cómo hacía para escribir textos con una letra dominante (como este o este) y empezamos a jugar con las palabras con "t". Es más difícil que la "s" o la "r". Pero he intentado que todas las palabras importantes tengan esa letra. 
Espero que te guste:

El tiempo, tranquilo, traqueteaba con su tictac por las tablas del Titanic. 
Un triste ticket transportado por el viento tembló ante el inminente y tormentoso futuro del trasatlántico. En trágica trampa iba a convertirse.
Tic tac, tronaba, demasiado tenue junto a la orquesta. 
El telégrafo tamborileaba "CATÁSTROFE, CATÁSTROFE", pero atención no se le prestó. 
Tenaz, el timón trataba de mantener el trayecto. Estúpido, el capitán gritó "TODO A ESTRIBOR". 
El estruendo de las tablas de metal no taparía los gritos de los futuros muertos. 

Solitario e ilimitado, el ponto contemplaba impertérrito el desastre tragándose el repiqueteo del tictac.
Tic
Tac
...

miércoles, 2 de agosto de 2017

El corazón es un órgano extraño

Konnichiwa~ Te saludo desde Japón. Sí, sí: increíble. Esta entrada no tiene nada que ver con estas vacaciones, pero espero escribir algo que refleje lo que estoy viendo porque es impresionante. Esta la escribí en un tren de vuelta a casa...
Espero que te guste:

El corazón es un órgano extraño. Yo de ciencia entiendo lo necesario, pero sé que se dice que los sentimientos no vienen de ahí.
Los más eruditos me dirían que el dolor de corazón al separarte durante un tiempo de esa persona especial no es más que una acción que en realidad proviene del cerebro.
O que, cuando me explota el pecho al escuchar una canción, no es más que una reacción química. 
Pero, al cuerno.

Cuando le beso, se me incendia el corazón. Y cuando le pillo mirándome siento cómo se me ilumina. 
Al igual que cuando mi madre me acaricia la cabeza y me abraza durante un llanto se me deshace (aunque sea un poquito) el nudo que sentía en el corazón.

O cuando el vagón de la montaña rusa desciende a toda velocidad el corazón chilla de contento. 
¿Hablamos de cuando dejo de notar la arena bajo mis pies y de pronto siento la inmensidad del mar a mi alrededor? ¡Por Dios, quien diga que no se me encoge el corazón es un idiota!

No, lo siento. Yo siento con el corazón. 
Adelante a todos esos que quieran sentir con la cabeza. 
Tal vez sufran menos, pero no viven de verdad.


sábado, 15 de julio de 2017

Tardes de verano

Hola~ ¡Por fin vacaciones! Me he tomado un par de semanas de hacer cosas y relajarme y he dejado de lado lo artístico. Aún así hace unos días (después de leer mi nuevo poemario de KC Irribarren), se me ocurrió esto. Es simple, pero me gusta.
Espero que te guste:

Él, jugando con el móvil,
yo, leyendo poesía.
Ambos, compartiendo 
el último vaso de Coca-Cola
que había en la nevera.

Él, hablándome de proyectos de futuro,
yo, escuchando y explotando burbujas 
del plástico que envolvía un regalo.
Ambos, disfrutando de la mutua compañía 
y la posibilidad de compartir sueños con el otro.

Para mí,
esas son las tardes de verano.
Esas en las que está prohibido
el estrés,
la negatividad, 
los enfados.