viernes, 7 de diciembre de 2018

Los universos se expanden

Hola~ Esta no va a ser una entrada fácil de escribir pues es un adiós. No sé realmente por dónde empezar. Bueno, por lo principal: es hora de cerrar mi blog. Uf, lo he dicho. Ahora viene el porqué.

Mi intención al crear este blog era lanzarme al mundo de la escritura. Escribo desde siempre (o eso recuerdo), pero nunca me había atrevido a enseñarlo. Y, gracias a varias personas que me pedían leerme, a la confianza de mi profesor de lengua (ese del que he hablado varias veces) y a que vi que muchísima gente (de todos los niveles) escribían blogs, probé. Quería atreverme a ser leída, quería críticas (aunque las recibí en vivo más que en comentario) y quería ir aprendiendo a escribir mejor. Y creo que el blog ya me ha dado todo lo que me podía dar. 

El año pasado fue un año estupendo: publiqué 37 entradas. No este año... unas tristes 3 entradas. ¿Por qué?, me pregunté. No ha sido hasta hace un par de semanas que me di cuenta: este año estaba tratando de escribir para los demás en vez de para mí misma. Trataba de cumplir con las expectativas de los demás. Y eso mató mi escritura. En estas últimas dos semanas he escrito al menos tres microrrelatos. 

Ha habido otro hecho que motive la eliminación de mi blog: un señor me llamó un día para que le escribiera un libro. Así, sin más, sin conocerme. Y este hombre me preguntó si había publicado algo ya. Cuando le dije que no y le expliqué que esperaba a escribir una historia más larga me respondió que por qué... si ya tenía un montón de relatos cortos. "Si no lo haces ahora, ¿cuándo lo vas a hacer?". Y tenía razón.

Así que es hora de dar un paso más: publicar. Para ello he de, como ya he hecho en otras redes sociales, matar a Erla Morgan para crecer como Eva.  Y por ahí también pasa el cerrar mi blog. Con todo el dolor de mi corazón. 
Me doy hasta fin de año para recuperar todas las entradas publicadas y en borrador. 

Ha sido un placer, gracias por leerme (de verdad, de verdad). Nos veremos por otros lares.

Eva S. Melendo


viernes, 20 de julio de 2018

R.A.

Hola~ ¡Por fin una entrada recién salida del horno! He de dar las gracias a mi hermana que ha estado leyendo algunas de mis entradas y que gracias a ello he releído yo también lo cual me ha dado ganas de escribir. No sabía qué escribir y entonces me acordé de algo...
Espero que te guste:

Hoy es mi cumpleaños. Y como es tradición vamos a ir en familia a tomar un helado. Mmmm, yo tomaré el de menta con chocolate, mi favorito. Buscamos un sitio donde poder meter el carrito doble en el que van mis primitos mellizos. Nos paramos delante de un café que tiene una decoración chulísima, como de temática de bosque mágico. El carro no entra, pero no pasa nada. Cogemos a los niños en brazos. Merece la pena. 

Estamos tomando nuestros helados y observo el lugar. El techo es tan alto que no se ve, cualquiera lo diría desde fuera... Hay columnas gigantes que parecen troncos con musgo que desaparecen en la sombría altura. Florecitas amarillas iluminan la estancia. El suelo es de tierra... algo que no había notado antes. 
De pronto hay un temblor y la gente chilla. Cuando miro a mi alrededor ya no hay gente. Entorno los ojos: algo no tiene sentido. Otro temblor. Me agacho. La sala se deshace. Hay que salir de ahí. Grito a mi familia que me sigan. Por alguna razón sé perfectamente por dónde se sale. 
Avanzamos por un camino muy estrecho y húmedo lleno de agujeros oscuros. En cierto momento sujeto uno de mis primitos mientras sus padres saltan un orificio. 

Las columnas se están derrumbando. O bien se están hundiendo en el suelo. No, eso no. Porque el suelo está cayendo. Empiezo a escalar una columna. Mi familia ya no está. ¿Será que han conseguido salir? El pilar-árbol tiene muchos huecos y no es difícil subir. Al menos no lo sería tanto si no se moviera. De pronto observo que en las cavidades hay objetos. Me paro en seco ante una. ¡Ahí están mis objetos más preciados! ¿Cómo puede ser? ¿Serán replicas? ¿Cuál es la intención de todo esto? De golpe comprendo que este lugar es también mi casa (o lo ha sido en algún momento) y que si dejo ahí mis cosas, las voy a perder para siempre. Guardo mi muñeca de la infancia en el bolsillo de mi chaqueta y sigo adelante. Las columnas se hunden cada vez más deprisa. Me duelen las manos que están ensangrentadas por las rozaduras, se me han roto unas cuantas uñas, tengo los vaqueros llenos de arañazos. Por suerte llevo una trenza o se me engancharía el pelo con todo. No sé por qué me ha venido ese pensamiento. Tengo la respiración tan agitada que me cuesta inspirar, siento el corazón golpeándome las costillas. 
El pilar por el que estoy subiendo está pegado a una pared. En eso veo un espacio que se abre y veo una habitación. Entiendo que o salto hacia ahí o caigo irremediablemente al vacío. Cojo impulso y me lanzo. Ruedo sobre mí misma y me desplomo sobre el pecho. 

El suelo está lleno de polvo. Abro los ojos y toso. Miro hacia atrás. Ya no hay apertura: la sala-café ha desaparecido. Me levanto lentamente en posición de ataque, todos los músculos listos para la acción. Pero no ocurre nada. Me relajo un poco y observo el lugar en el que me encuentro ahora. No es mi casa, pero a la vez sé que lo es. Doy una vuelta tratando de entender por qué estoy aquí. 
Tengo que escapar. Una angustia creciente me envuelve. Busco la manera de salir. La puerta. ¿Dónde está la puerta? Ahí. No. No, no. Está cerrada. Nunca aprendí a forzar una. Empiezo a pegarle golpes con el hombro. Así no. Así me voy a hacer daño. Lo que sí leí fue dónde pegar una patada para abrir una puerta. Y eso hago a la vez que pego un grito. Otra habitación, otra puerta. Busco la llave. Otra habitación, otra puerta. Esto empieza a repetirse. Otra habitación, sin puerta. Solo una ventana. Ya está. 
La abro. Un jardín verde brillante se extiende... unos dos pisos más abajo. No hay escaleras, no puedo saltar. La ventana tiene una reja que se abre. Y un poco más allá hay una tubería. Puedo bajar escalando. Noto el sudor frío bajándome por la nuca, por debajo del pecho y por la parte baja de la espalda. Despacio, con cuidado, voy descendiendo. Me duelen las manos. Me raspo una rodilla con la pared rugosa. A un metro del suelo me descuelgo y caigo con suavidad sobre la hierba. 

Una verja que no había visto desde arriba rodea el jardín. Y un payaso muy feo me espera junto a ella. Una sonrisa horrible le desfigura la cara. A mi izquierda la valla se levanta algo del suelo. Si ruedo, seré capaz de salir por ahí. Antes de que al payaso le dé tiempo a reaccionar, salgo corriendo hacia allí. Lo oigo reírse a mi espalda. Tres metros y llego. Dos metros. Un metro. Y me lanzo. Ruedo y cuando pienso que voy a pasar por debajo de la verja, me doy de bruces contra ella. Suelto el aire bruscamente. El payaso está muy cerca. "No, no. No es por ahí", se ríe, "para terminar has de volver a empezar", y se ríe de nuevo. A mí no me hace ninguna gracia y no entiendo lo que quiere decir. Pero sé que no es un payaso pacífico. Estoy aturdida, me cuesta levantarme. Lo que me hace reaccionar es oler su pútrido aliento. A gatas al principio, empiezo a correr en dirección contraria. Y en ese mismo momento entiendo. Ya sé a dónde tengo que volver. 

Escalo de nuevo de la misma manera que he bajado desde la ventana. Recorro las habitaciones corriendo mientras escucho cómo se van derrumbando a mi paso. El suelo bajo mis pies cruje y se hunde. Solo queda traspasar una última puerta. Corro como nunca he corrido en mi vida. Me lanzo hacia el pomo y doy un portazo al pasar.

Al otro lado está mi madre que me pregunta de dónde vengo y por qué pego portazos. Frunzo el ceño extrañada hasta que me dice que tengo que ir a prepararme pues es mi cumpleaños y vamos a tomar helado con la familia. He vuelto al principio. Pero por alguna razón no termina. 
Me cambio de vaqueros y me pongo una camiseta a rayas blancas y negras. Le pido a mi madre una sudadera fina azul cielo. Mis padres me meten prisa: vamos a llegar tarde, dicen. Me pongo la sudadera, pero algo no está bien. Es muy pesada, demasiado cálida. Me la quito y grito que voy a buscar otra cosa en mi cuarto. Me responden que vaya deprisa. Me enfado, pero no digo nada. ¿Por qué están tan insistentes? 
En mi cuarto está mi hermana, supuestamente esperando que yo termine. Voy hacia mi cómoda y al abrirla ya no es una cómoda sino una nevera. Algo no va bien. Dentro hay una estructura con cajoncitos como los de las chucherías de las tiendas. Y al abrir uno descubro dentro comida totalmente podrida. El olor me inunda las cavidades nasales y me da nauseas. ¿Qué está pasando?

De repente oigo una voz que no sé si está en mi mente o resuena por toda la habitación: "Ya es suficiente". 
Abro los ojos a la vez que me siento e inspiro como si llevara mucho rato bajo agua. "Elena, ¿estás bien?", me pregunta mi amiga, "el técnico no quiere decírmelo", dice mientras me quita una especie de chupones de la sien y el pecho, "pero creo que al final tu cerebro era más rápido que el programa e iba comprendiendo que lo que estabas viviendo no era real", suspira y me mira con preocupación, "Creo que finalmente no ha sido tan buena idea esto de probar la nueva realidad aumentada de los anuncios...".


P.D.: Esta historia la he sacado de una pesadilla que tuve hace poco (justo la noche antes de mi cumpleaños...). Solo he añadido un par de detalles, el resto es todo igual. Además he querido guardar los saltos sin sentido que pegan los sueños.

lunes, 2 de julio de 2018

Tres mujeres en el mar

¡Buenas!~ Esta entrada la escribí hace un mes y algo y, en realidad, me gustaría rehacer algunas partes. Pero echo de menos subir entradas a mi blog y, estando tan ocupada como estoy, mejor subo lo que ya tengo que seguir esperando a tener tiempo e inspiración para mejorar o escribir cosas nuevas.
Espero que te guste:

Tres figuras solitarias se deslizan sobre el mar en una barca de madera vieja. La luna llena ilumina de verde el cielo nublado. El agua brilla fantasmal. Ni una brisa la eriza. Las tres figuras, tres mujeres, apenas pueden alzar un dedo para tratar de hacer avanzar la embarcación y, sin embargo, están de pie. La comida se acabó hace días y el agua, ayer. Notan los miembros pesados y doloridos. El estómago ya no es más que una piedra que cuelga de sus esófagos. Tienen los labios pegados y resecos, una de ellas ha tenido que separarlos para toser y se ha arrancado un trozo de piel. Los pulmones le quemaban, notaba el salitre al fondo de la garganta. Los vestidos finos están pegados a sus cuerpos de tanta transpiración y dejan entrever sus cuerpos, menudos de dos de ellas, grueso de la tercera. 
Tres mujeres en el mar buscando sus amores perdidos: una, su hijo; otra, su marido; la tercera, su madre. Tres mujeres sin conocimientos de mar que se lanzaron a él desesperadas, hartas de pedir ayuda y que no se la dieran, hartas de esperar. 

"No vas a encontrar a tu hijo: su barco habrá encallado en isla de gigantes comehombres".
"No vas a encontrar a tu marido: las sirenas se lo habrán llevado al fondo del mar".
"No vas a encontrar a tu madre: el monstruo marino se la habrá comido".
¡Supersticiones y miedos!, habían dicho los seres queridos antes de embarcarse en busca de aventuras... o sustento. La ciudad era muy pobre, muchos huían esperando encontrar tierras mejores. Pero nunca por mar. Nadie se iba por mar. Los únicos que subían a los barcos de la ciudad eran los pescadores y nunca se alejaban mucho. 
Cada cierto tiempo, unos cuantos aventureros se iban prometiendo volver. Pero nunca volvían. Los siguientes aventureros estaban convencidos que la razón era que habían encontrado mejores tierras que aquella inmunda ciudad. Los lugareños decían que o bien los monstruos marinos se los habían comido o bien habían naufragado. 

Las tres mujeres no sabían qué creer. No eran amigas. Apenas se conocían antes del incidente... Todos los días iban al puerto y durante unas horas se sentaban a observar el horizonte en busca de velas. Así acabaron por cruzarse. Una y otra y otra vez. Después de un tiempo se sentaban juntas y compartían sus historias. Así estaban la hija y la novia un atardecer cuando un agitado pescador arribó a puerto. En sus redes se había enredado un trozo de mástil con la vela ensangrentada. La novia empezó a llorar y a decir de forma histérica "es su barco, es el barco de mi querido". La hija trataba de calmarla diciendo que no podía saber eso únicamente por un trozo de madera. Pero ella estaba totalmente segura. Esa misma noche convenció a las otras dos para, al día siguiente, buscar barco y tripulación y lanzarse en rescate de sus seres queridos. Aunque no estaban muy convencidas, estaban hartas de esperar. Aceptaron. 
Nadie quería acompañarlas. Nadie quería venderles su barco. "No vais a volver y es un buen barco". Decidieron robar uno al anochecer. La madre sabía lo más básico de navegación y solo gracias a eso fueron capaces de salir del puerto. Era un barco pequeño con un bote aún más pequeño. No sabían cuánto estarían en el mar, pero tampoco podían llevar mucho sustento. Sigilosas como un suspiro de enamorados en la noche se alejaron del único hogar que habían tenido sin saber si volverían a verlo nunca. 

Tres días más tarde encallaron con unas rocas y tuvieron que seguir con el bote. Otros tres días pasaron y empezó a faltar la comida. Otros dos días después las fuerzas para remar flaqueaban. Y dos días más pasaron antes de que comenzara a escasear el agua. La desesperación iba en aumento. Un día ya no quedaba comida y las dos más jóvenes se gritaron, la más delgada acusando a la más gruesa de habérsela comido toda, la más gruesa llamándola mentirosa. La más adulta acabó, con casi sus últimas fuerzas, por pegarles un bofetón a cada una. "YA ESTÁ BIEN", dijo antes de que se le rompiera la voz. "Para cuando te he visto comiéndote lo que quedaba casi habías acabado así que te he dejado por no crear discordia. Pero no acuses", susurró dirigiéndose a la más delgada. La más gruesa rompió a llorar de la angustia e impotencia. Lloraba sin lágrimas. 
Los días siguientes fueron una tortura. Cada vez más débiles, cada vez más desmoralizadas. 
Las mujeres no sabían si creer en las leyendas y supersticiones de sus conciudadanos, pero por si acaso seguían algunos de sus consejos. "No habléis muy fuerte y sobre todo no gritéis o atraeréis al monstruo marino". Ese era el más fácil puesto que tras unos días ya ni tenían ánimo de hablar. Otras advertencias las pasaron por alto, bien por lo absurdo, bien por descuido. Y habían confirmado que no eran más que tonterías. 

Es la tarde del quinceavo día y está ya avanzada. Empiezan a ver trozos de madera flotando abandonados a la corriente.
El sol casi se ha escondido y ahora son cadáveres descompuestos y con zonas desgarradas los que van al encuentro de la barca. Las mujeres se tapan la boca y los ojos horrorizadas. "Ante todo, no gritéis", murmura la hija. 
Es ya noche cerrada, la luna brilla lúgubremente en el cielo y en el agua ya no hay cadáveres. De pronto uno se acerca lentamente. Casi parece que lo estén empujando hacia la barca. La joven delgada se agita ante su visión. Abre mucho los ojos, incrédula. "No", piensa, "no puede ser él". Pero la curva de sus pútridos labios se parece tanto... La altura y anchura es la misma, la ropa idéntica. El cuerpo pasa al lado de la embarcación y la novia lo reconoce. Y antes de que las otras dos puedan hacer nada, grita.

Ha sellado el destino de las demás.

Las tres se habían puesto de pie. Un movimiento del agua, como un golpe muy, muy abajo en las profundidades, las hace caer. El cadáver del novio se aleja y la joven se lanza tras él. "¡No!", exclaman las otras dos. Al caer, se corta una pierna con el borde astillado. La sangre se desliza al agua. Ella trata de llegar hasta su amado muerto. Pero otras figuras oscuras los rodean antes. Figuras esbeltas, terribles y de dentadura afilada cual cristales rotos. El movimiento del agua sigue lento e inexorable mientras las sirenas aprisionan a la chica que grita pidiendo ayuda a las otras que tratan de remar en su dirección. Apenas unos segundos pasan y los gritos ya no se oyen. Una luz verde atraviesa las olas hasta la superficie y permite ver a las aterrorizadas mujeres cómo las sirenas se llevan hacia el fondo a su compañera... que sigue pataleando, sacando fuerzas del miedo. 
Sin embargo ellas tienen otro monstruo del que preocuparse. Uno que lleva moviéndose desde el principio. Uno al que ha despertado el grito. El gran monstruo marino. 
Las dos mujeres se echan a temblar y se abrazan. 
La luz proviene de ciertas partes de la criatura que sube y sube hasta que rompe la superficie. Y no para ahí: se eleva más y más hasta un punto en que se diría que fuera un acantilado en vez de un ser vivo. Un ojo gigantesco miró en dirección a la barca. Sus fauces se separaron y un ruido que podría abrir las puertas del infierno rompió el aire.
Las mujeres se miraron: ¿morirían devoradas por las sirenas o por el gigante marino? Sin nada más que perder, alzaron las cabezas y gritaron de vuelta al monstruo.

"The black sea at night" ("Ночь на Черном море"), 1879, Ian Aivazovsky

jueves, 1 de febrero de 2018

La criatura

¡Hola!~ Dicen que para escribir tienes que ponerte y escribir, pero no siempre es así. Al menos no conmigo. Y en estos últimos meses realmente no he tenido ninguna buena idea para relatos y, si la tenía, no me apetecía plasmarla. Antes de verano se me ocurrió una idea, pero era tan superficial que me dio pereza desarrollarla. Hace un par de días, no sé por qué, creí saber cómo continuarla. Y sobre la marcha escribí este cuento tan macabro. No lo leas si eres sensible.
Espero que te guste:

En la monumental y antigua casa señorial, por la noche se oyen ruidos. Los niños dicen que son fantasmas; los adultos, que son gamberros. 
Pero la realidad es peor. Porque los fantasmas ya están muertos y los gamberros pueden llegar a estarlo.
La criatura que vive en las entrañas de la casa señorial no está muerta y no puede llegar a estarlo.
¿Quién o qué es esta criatura? ¿Y cuál es su propósito?

La casa señorial no siempre fue antigua. Un joven que se había hecho de oro extremadamente rápido mandó construirla para poder vivir con su bella esposa sin los reproches de ambas familias que no estaban de acuerdo con el casamiento. El joven siempre decía que lo mejor de ser rico era que nadie te decía lo que debías hacer y que, si lo hacían, podías hacer igualmente lo que quisieras. 
En realidad no pensaban tener hijos o al menos no muchos y tampoco tenían muchos amigos de modo que no necesitaban una casa demasiado grande. Sin embargo, por el simple hecho de poder hacerlo, mandaron construir lo que casi parecía un palacio. 

La pareja era realmente feliz. Genuinamente, diría. Pero una historia no se cuenta porque una pareja sea feliz. Se cuenta porque deja de serlo. Y así ocurrió con esta. 
Los primeros meses fueron preciosos, como un sueño... y de los sueños uno puede despertarse. Ella, Clara, se quedó embarazada. Esto debería constituir otra razón más para la felicidad de la pareja y así fue. Pero apenas duró dos meses. 
Clara lloró durante semanas. Sin embargo, ambos decidieron intentarlo de nuevo. Y de nuevo. Y de nuevo. 
Esos tres siguientes duraron más tiempo dentro de Clara, pero no lograron ver la luz del día. Clara iba adelgazando y perdiendo el color poco a poco. Él, Simón, estaba completamente desesperado. No sabía qué hacer para hacer que ella recuperara la alegría. Al principio pensó que al intentar de nuevo tener hijos todo se arreglaría. Pero solo fue empeorándolo. Al cuarto embarazo, Simón dijo que no más. Ella le gritó, le lanzó objetos, lo insultó e incluso lo arañó. Después cayó al suelo entre lágrimas. Él se arrodilló junto a ella y la abrazó. Clara lo miró y balbució unas palabras incomprensibles. Él le enjugó las mejillas y le dijo algo que, recordándolo más tarde, le pareció una gran estupidez. "Mira la casa que hemos construido y no somos capaces de crear un bebé". A ella se le nubló la mirada como si de pronto estuviera muy lejos. Sus labios se entreabrieron ligeramente y las mejillas perdieron el poco color que aún tenían. Simón siempre recordaría el frío que sintió al verla. Pronunció su nombre con miedo, la voz temblando. Clara volvió al instante, pero no totalmente. Una parte de ella ya no volvería nunca. Se levantó lentamente como si temiera desmayarse y dijo "no somos capaces de crear un bebé". Y simplemente se marchó. Simón permaneció plantado allí durante lo que pareció una eternidad antes de buscar donde sentarse. De pronto tenía una sensación de vértigo insoportable. Como si alguna parte de su mente supiera que algo horrible iba a ocurrir. Y no estaba equivocado. 

En los meses siguientes Clara se convirtió en una mujer completamente distinta. Parecía que hubieran introducido la mente de otra persona en su cuerpo. Y era una persona fría, sin deseo alguno de contacto físico, siempre con la mirada ausente y una extraña sonrisa en los labios. Las antes animadas conversaciones se extinguieron, empezaron a dormir en habitaciones separadas, despidieron a todo el servicio. Clara desaparecía durante horas, a veces hasta muy entrada la noche y, al volver, no daba ningún tipo de explicación. Simón la esperaba despierto con la esperanza de poder volver a conectar con esa extraña mujer que una vez había sido su esposa. La saludaba cuando volvía, a veces trataba de cogerle la mano o incluso besarla. Nunca llegaba tan lejos. Bien fuera porque ella se marchaba a su habitación, como si él no estuviera, bien fuera porque lo miraba y esas perlas de cristal le devolvían una mirada tan muerta que lo helaba en el sitio. 

Simón ni siquiera se planteó hablar con un médico. Simplemente no tenía sentido. Había decidido abandonar toda esperanza cuando escuchó un rumor. Cadáveres de bebés habían estado desapareciendo. Al principio nadie se había dado cuenta porque el ladrón volvía a colocar todo meticulosamente. Pero una madre sintió que algo no estaba bien con la tumba de su hijo y, a pesar del miedo a que la tomaran por una loca, desenterró el ataúd. Estaba vacío. El rumor se extendió por la comarca y el resto de pobres madres cuyos retoños habían muerto demasiado pronto, preocupadas por que esto también hubiera ocurrido con los suyos, demandaron que también se abrieran. Más de veinte niños habían desaparecido. 
Una horrible sensación recorrió el cuerpo de Simón mientras una idea se formaba en su mente. 

Cuando tuvo el valor de volver a casa ya era de noche. Primero la buscó por las habitaciones. No la llamó en voz alta, se limitó a recorrerlas con la certeza de que no estaba allí. Sabía que estaría en la bodega. Esa que llevaba mucho tiempo vacía. 
Plantado delante de la gruesa puerta de madera, Simón quería morir. No quería entrar allí. No quería encontrar lo que sabía que iba a encontrar. No quería verla. 
De alguna manera, logró hacer que su cuerpo respondiera y abrió la puerta. El olor casi le hizo perder el sentido. ¿Cómo no lo había sentido hasta entonces? Bajó las escaleras tratando de hacer el mínimo ruido posible. Ella estaba allí. Murmuraba frases inconexas e incomprensibles e iba de un lado para otro en un loco frenesí. Simón observó desde el pie de la escalera la gran habitación de techo bajo. Todas las paredes estaban cubiertas de estanterías a excepción de un hueco en el que había ganchos directamente en el muro. Simón recordó la casa de su padre y en especial un trozo de muro exactamente igual. De él colgaban las pieles de animales que su padre había cazado. Solo que aquí las pieles no eran de animales.
Las estanterías estaban llenas de botes de todos los tamaños. Simón trató de no reconocer lo que había en ellos y apartó la mirada con el regusto de bilis en la garganta. Pero lo peor estaba en la mesa del centro de la sala. 
Simón no pudo evitar gemir de angustia. Clara se volvió bruscamente, sus faldas revoloteando alrededor de sus pies. El pelo enmarcaba un rostro cadavérico cuyos ojos parecían a punto de salirse de las órbitas. De unos labios resecos y agrietados salió un agudo grito. Le preguntó qué hacía allí, le gritó que se fuera. Simón trató de acercarse a ella. Nunca supo de dónde sacó el palo, solo supo que el dolor fue tan intenso que se desmayó. 
Al despertar estaba atado con grilletes a la escalera. Clara (o lo que fuera aquella que una vez se llamó Clara) estaba cantando una extraña canción mientras daba lentas vueltas alrededor de la mesa. Símbolos atemorizantes estaban pintados en el suelo. Simón no podía creer lo que estaba ocurriendo. Clara realmente había perdido la cabeza. Trató de explicárselo y ella le chistó con impaciencia. "Ya viene, ya viene", decía. Simón sentía un gran dolor en el bajo vientre, pero prefirió pensar que era el miedo. No lo tuvo tan claro cuando el pelo de Clara empezó a volar en torno a su cabeza como si estuviera en pleno campo y no encerrada en una habitación. La risa de ella tampoco ayudaba, cada vez más aguda, más histérica. Ella gritaba palabras incomprensibles. Todo se volvió turbio y confuso... hasta que el bebé lloró. Y lloró con un sonido tan antinatural, estridente y malévolo que Simón sintió que su mente trataba de esconderse tras la puerta de la locura para soportarlo. 
Solo podía pensar en lo mucho que quería irse de allí, en lo mucho que deseaba olvidar aquella insania. Empezó a tirar de los grilletes tratando de desasirse de ellos, apenas se dio cuenta del desgarro de la piel de sus muñecas. La cara de Clara no podía ser mejor mezcla de triunfo, vesania y... amor. Se acercó al bebé con una bendita sonrisa en los labios y lo cogió en brazos. Justo en el momento en que se disponía a darle el pecho, la barra de la escalera a la que estaba atado cedió y quedó libre. Lo que ocurrió después fue tan horrible que por un momento ni siquiera fue capaz de respirar. El bebé comenzó a mamar, pero Clara no tenía leche de modo que el diabólico crío comenzó a comérsela. El horror de Clara al comprender su destino se tradujo en un grito de terror que casi destroza los tímpanos de Simón. Fue lo que lo despertó de su parálisis. Clara cayó al suelo tratando de desprenderse del monstruo en vano. Su extenuación pudo con ella, las fuerzas la abandonaron. Para cuando Simón quiso hacer algo, ella ya estaba muerta. Así que corrió. Corrió para salvar su vida. Las escaleras nunca le habían parecido tan largas. Casi parecía que a cada escalón aparecieran dos más. Tras él escuchaba el sonido de la carne de Clara al rasgarse bajo los inhumanos dientes de la criatura. Sin un hálito de aliento, cerró la puerta de un golpe y fue a buscar la llave. Por un instante atroz pensó que Clara la tendría, pero por suerte no fue así. Simón notaba la locura danzando en su cabeza, a punto de tomar control. Desde el salón, arrastró el mueble más pesado que pudo y lo colocó contra la puerta. Al otro lado no se oía nada. Durante un segundo creyó que todo aquello no había sido más que una pesadilla y que, al darse la vuelta, vería a Clara riéndose de él y preguntándole qué hacía. No ocurrió. Al otro lado se oía el arañar de la madera.

Cuando contó lo sucedido, nadie le creyó. Las autoridades se mofaron y le dijeron que se marchara a casa. Que estaba borracho. Desesperado, Simón volvió a la mansión y tapió todas las puertas y ventanas. Durante dos días no comió ni durmió. Al terminar simplemente se sentó en el porche en el que una vez había compartido meriendas deliciosas con una preciosa joven. Así fue cómo las autoridades lo encontraron.

Años más tarde, salió del psiquiátrico donde lo habían ingresado e incluso formó una familia. Su mujer nunca comprendió por qué se había casado con ella: jamás intimaron más que lo necesario para tener descendencia. Era el único deseo de ella de modo que nunca trató de acercarse más a él. Además... había algo en él que le daba miedo.
Solo cuando su mujer murió y su hijo fue lo suficientemente adulto, le contó por qué había formado una familia. La mansión debía heredarse para siempre. Nadie debía nunca entrar a aquel infierno. Nadie debía nunca encontrar a la criatura. 

Solo se escucharán sus sonidos en las noches más oscuras.


martes, 5 de diciembre de 2017

Toxicidad

Buenas~ Mi imaginación ha estado en cuarentena durante mucho tiempo. Conseguí que volviera gracias a un reto fotográfico y hoy, viendo un videoclip de Within Temptation, se me ha ocurrido esta entrada. No es la gran cosa, pero es algo. Es muy frustrante querer escribir y que no salga nada así que dentro de lo que cabe estoy contenta. 

¡BLAM! La puerta de la calle se cierra de un portazo: él ha vuelto a casa. Miriam está en el salón, sus largas piernas desnudas sobre el sofá. En cuanto ha oído las llaves en la cerradura algo en su pecho se ha removido. Ese algo que siempre siente cuando él está cerca. Es una especie de tensión que la hace sentirse muy despierta, alerta como un gato a la espera de que algo pase. 
Él entra en la habitación y ella levanta la vista, expectante. No está contento, algo ha pasado en el trabajo. Su boca no sonríe con deseo al verla únicamente con el camisón de seda. Las cejas se mantienen pegadas a los ojos entornados. Una mueca le tuerce la zona entre la nariz y los labios. 
Miriam se levanta y va hacia él. Le toma una mano y le pregunta qué le pasa. Él se sacude su mano y le dice que no es de su incumbencia. Se da la vuelta y se dirige hacia la cocina. Ella va detrás y le agarra del hombro para obligarlo a mirarla. "¡Que me dejes en paz!". El bofetón viene antes de que Miriam se de cuenta de que va a llegar. Enseguida se lo devuelve gritándole que no tiene por qué pegarle. Así es como comienza una nueva pelea a base de gritos y golpes... que de nuevo finaliza con él tomándola sobre la mesa de la cocina. 
Él se va a la ducha y la deja allí, exhausta. El cálido líquido le cae por los muslos y gotea en la mesa. "Ahora tendré que limpiarlo todo", piensa. Se queda un momento ahí, tumbada, mirando el desastre a su alrededor. "¿En qué momento mi vida se volvió un caos como este?", se pregunta. 
En su casa siempre había habido golpes y gritos. Cuando conoció al hombre con el que estaba ahora, no tenía más que dieciséis años. Él era mayor y ya tenía trabajo. Ella podría seguir con sus estudios y vivir con él. Los golpes y gritos empezaron a la vez que su convivencia. Para Miriam era normal, no le dio importancia. Iba a visitar a menudo a sus padres y siempre decía lo contenta que estaba. Pero una vez fue con un moratón. "¿Cómo te has hecho esto, hija?", su madre tenía los ojos muy abiertos y le apretaba con fuerza la muñeca. "Ay, mamá, suelta que me haces daño. Pues peleándome con mi novio, ¿cómo va a ser?". Su madre, para gran sorpresa suya, le dijo que lo dejara inmediatamente, que aún estaba a tiempo. Miriam no comprendía. "Pero si papá y tú hacéis igual y os queréis". La madre se puso a llorar y le dijo que no, que eso no era amor. Que nunca se habían querido y que ella respondía a los golpes porque él no era excesivamente fuerte; que, si lo fuera, la habría matado hace tiempo. Miriam no quería creerlo. Su madre juró que iba a dejar a su padre. "Tú debes hacer lo mismo. Prométeme que seguirás mi ejemplo en esto".
No volvió a visitar a sus padres. No volvió a contestarles a las llamadas. Supo por alguien cercano que su madre se había ido de la casa y ahora vivía sola, pero jamás fue a verla. Ella casi llegó a pensar que había muerto. De eso hacía ya quince años.
Miriam se levantó de la mesa de la cocina. "¿Por qué me habré puesto ahora a pensar en esto?". 

Los días se sucedían así. Miriam ahora trabajaba de secretaria en una gran empresa. Cosechaba un gran número de miradas y comentarios calenturientos que trataba de ignorar. Al principio le hacía gracia e incluso coqueteaba con ellos. Pero jamás había sentido la misma tensión con nadie más. 
Hasta que llegó el otro. No era lo mismo, no era esa tensión. Pero había algo. Había una reacción a su presencia, a sus miradas, a sus sonrisas y a sus palabras. Era un don nadie como ella. 
Pronto se descubrió deseando ir a trabajar para estar con él. Un día se dio cuenta de que no le apetecía ir a casa. 
Volvió tarde y con una cálida sonrisa en los labios. Él estaba en el cuarto. Le preguntó con brusquedad por qué había tardado tanto en llegar. Ella contestó una tontería, aún sonriendo. A él no le gustó esa sonrisa. Olía a otro hombre. Ella se estaba desvistiendo. La agarró y le pegó un pellizco en el pecho. Ella ahogó un grito y lo apartó diciendo que no le apetecía pelearse. Él la agarró por el pelo y la lanzó al suelo. Ahí estaba de nuevo la tensión. Miriam se levantó rápidamente, la falda se le rasgó por un lado dejando al descubierto el encaje de las medias. Él empezó a gritarle. Amenazas, insultos, frases de ira y desprecio. Por una vez, ella no fue al encuentro de él. Él se enfadó aún más y, con un grito, lanzó un jarrón por encima de la cabeza de Miriam. La porcelana blanca se partió en mil pedazos que cayeron como gruesa lluvia sobre la mujer grabando pequeños surcos sobre su piel. El agua le empapó el pelo que le tapó por un momento los ojos. Bajó la cabeza para echarse hacia atrás de nuevo los mechones mojados. En el suelo las flores formaban un arcoíris macabro junto con la porcelana y las gotas de sangre. Él seguía gritando enfurecido. Partió de un puñetazo el espejo. Su rostro deformado reflejado en los pedazos apenas podía representar la horrible realidad que era su expresión en aquel momento. Miriam se apretó contra la pared. Él fue hacia ella, los brazos extendidos. Pisó los trozos rotos y ni se dio cuenta. La agarró por el cuello y empezó a apretar. Por fin ella se debatió. Forcejearon, cayeron al suelo, rodaron cortándose con el jarrón destrozado... y en cierto momento, sin saber cómo, Miriam tenía un trozo afilado de porcelana en la mano. "Déjame en paz o te juro que te lo clavo". La risa de él fue lo peor que había oído en su vida. "No eres capaz. Nosotros somos así. Al final acabaré tomándote y mañana volveremos a empezar". "No, no quiero. No vas a tomarme. Y como lo intentes, te clavo este trozo y te mato, ya verás". Él volvió a reírse. La agarró por la cintura, la levantó y la tiró en la cama. "Verás tú como sí". Se le echó encima, ella gritó y, mientras que él acercaba su boca a la de ella, le clavó el trozo en el cuello. Él abrió mucho los ojos y se desplomó sobre ella. Miriam lo empujó y vio cómo se desangraba. Vio cómo la vida abandonaba sus ojos.

Lo primero que notó Miriam fue el silencio. Había habido silencio antes en aquella casa, pero nunca así. Y, de pronto, comprendió por qué: la tensión había desaparecido. Siempre había pensado que esa tensión era amor, deseo... pero solo había sido miedo. 
Se apartó del cadáver, temblorosa, y fue hacia el teléfono. Marcó el número que aún sabía de memoria.

"¿Mamá? Mamá, he sido una tonta...".


P.D.: He de decir que está algo influenciada por Almodóvar... en las dos películas que he visto estos días para un trabajo las mujeres matan a sus maridos...

sábado, 14 de octubre de 2017

¿Ya no quieres jugar, Sara?

Buenas noches~ Últimamente ni me acuerdo de escribir de tan ocupada que estoy. Esta entrada se me ocurrió la semana pasada, creo, y la he escrito hoy (eso de tener que ir a la lavandería a hacer la colada y no tener internet ayuda...). Leer a Stephen King y ver Stranger Things no ayuda a que deje de escribir entradas oscuras...
Espero que te guste:

Sara no tenía hermanos. Tampoco se le daba especialmente bien hacer amigos. Sus padres trabajaban mucho y, cuando no estaban fuera, estaban delante del ordenador en casa. En resumen, Sara era una niña bastante solitaria. 
Jugar sola era muy aburrido así que Sara siempre llamaba a Ángela. Sara no recordaba cuándo ni dónde había conocido a Ángela. Solo sabía que cuando quería jugar con alguien solo tenía que ir al patio y llamarla muy bajito. Ángela de pronto estaba detrás de ella. 

Ángela no hablaba nunca, pero a Sara no le importaba porque así ella podía hablar por las dos. A Sara le encantaba hablar. Sabía que a sus padres les molestaba tantas palabras y por eso estaba encantada de que a Ángela no le importara.
Siempre jugaban en la habitación de Sara porque no quería que sus padres las regañaran y, sobre todo, porque no estaba segura de que Ángela pudiera estar allí. 

Ángela era un poco rara, en opinión de Sara. Nunca comía ni bebía cuando era la hora de la merienda y mamá le hacía un bocadillo. Sara siempre pedía que se lo partiera en dos alegando que era para poder comerlo mejor. Pero Ángela siempre negaba con la cabeza. Esa era la otra cosa rara. Vale que no hablara mucho, pero ¿ni siguiera decir “no”? Y lo último era que siempre iba con el mismo vestido azul. Sara no decía nada al respecto porque sabía que hay gente pobre que no puede cambiarse de ropa a menudo y no quería que Ángela se sintiera mal. 

Así que pasaban las tardes jugando, contando historias y riendo. No era fácil hacer reír a Ángela. Como mucho sonreía. Sara se contentaba con eso. Una vez consiguió incluso que mostrara los dientes, lo cual consideró un logro personal. 

Ángela siempre insistía para quedarse por la noche, pero Sara le decía que no podía: sus padres se enfadarían. Ángela fruncía el ceño y se iba. Sara no comprendía por qué era tan insistente. Si no se podía, no se podía. 
En cierto momento, Ángela dejó de pedir quedarse por la noche. Sara estaba aliviada porque no le gustaba que se fuera enfadada. En cambio, empezó a pedir bajar al sótano. Sara le había dicho que allí había más juguetes y quería verlos, decía. “Pero es que no me dejan bajar sola”, le respondía Sara. 

Una tarde en que Sara estaba sola con su padre, Ángela le escribió a Sara que podían aprovechar para ir al sótano, que sería como una aventura y que su padre siempre se ponía música para trabajar así que no se enteraría de nada. Sara no estaba muy convencida, pero se veía tan entusiasmada a Ángela que aceptó. 
Salieron de puntillas al pasillo, esquivaron la plancha de madera que sabían que crujía, encendieron con cuidado la luz del sótano arriba de la escalera, cerraron la puerta y bajaron despacio por la espiral de escalones. 

Abajo solo había una estrecha ventana por la que apenas entraba luz pues ya era tarde. En las múltiples estanterías reposaban muñecas, playmobil, cuerdas de saltar, pelotas… Sara empezó a mostrarle sus juguetes favoritos cuando Ángela habló por primera vez desde que se conocían.
“No me gusta esta luz”. Un escalofrío recorrió la espalda de Sara que se quedó helada. Nunca había escuchado una voz parecida. Era humana y a la vez era imposible que saliera de un cuerpo humano. Era suave y a la vez tenía un toque metálico chirriante. Salía de la boca de Ángela y parecía llegar de todas partes por igual. Sara se llevó las manos a las orejas en un intento por alejarse de aquella voz. Una milésima de segundo después la luz se apagó. 

Sara abrió mucho los ojos, asustada. La luz azulada que apenas entraba por el ventanuco iluminaba el vestido de Ángela de forma que parecía que estuviera rodeada por un halo. 
Sara retrocedió y se dio con las estanterías en la espalda. Ángela sonreía ampliamente, mostrando todos sus dientes que ahora parecían mucho más afilados, como los de un animal. “¿Ya no quieres jugar, Sara?”. La interpelada murmuró un “no” que le supo salado. “Oh, ¿vas a llorar tan pronto? Pero si aún no he hecho nada”, la sonrisa se amplió tanto que toda posible naturalidad desapareció. Parecía un macabro muñeco de plastilina al que han estirado demasiado. 

“¿Sabes? Jugar contigo todo este tiempo ha sido horrible. ¿Cómo puedes ser tan charlatana y aburrida? Y yo teniendo que hacerme la buena y seguirte el juego. ¡Qué horror!”. La cosa que se llamaba Ángela se fue acercando. Sara pudo oler podredumbre, tan intensa que se mareó. Era una mezcla entre tierra húmeda y carne podrida. 
“¿Qué eres?”, susurró Sara. “Tu amiga invisible no, desde luego”, rió la cosa, “¿realmente pensabas que era eso? Vaya imaginación entonces… No. ¿Sabes lo que eres tú? Eres una usurpadora. Una maldita usurpadora. Yo debería ser tú porque yo estaba aquí antes que tú. Papá y mamá son míos. MÍOS, ¿ME OYES? Así que ahora voy a tomar el lugar que me pertenece”.

La cosa levantó los brazos. Ahora la piel parecía fina y tan blanca que casi rozaba lo transparente. La carne le colgaba algo flácida de los huesos. Las uñas eran garras. El vestido ya no era bonito ni reluciente, sino un conjunto de harapos desgarrados y sucios. Las mejillas se le escurrían de la cara. Los ojos se le salían de las órbitas. De la cabeza caían mechones enmarañados que cubrían calvas viscosas. 
Sara empezó a gritar. El grito encarnaba terror puro, de ese que solo los niños que no entienden lo que les está pasando pueden sentir, de ese que sale del fondo del alma. Se sentía paralizada, los miembros estaban helados y se negaban a ponerse en movimientos. Solo la garganta parecía funcionar. El grito se alargaba y alargaba pareciendo interminable. 
La cosa empezó a gritar también, exigiendo que se callara. Pero Sara no podía dejar de gritar. Era gritar o morir de miedo. 

De pronto una puerta se abrió y se escucharon pasos apresurados bajando por la escalera de caracol. “¿SARA? ¿SARA ESTÁS BIEN?”. La cosa puso cara de espanto. No era eso lo que esperaba que pasara. Estaba ya tan cerca de la niña… a unos centímetros apenas. 
El padre apareció en el último escalón con mirada de asustado. Se le desencajó la cara al ver la escena. Por un momento pareció como si fueran una película puesta en pausa. 
“Dios mío, Ángela, cariño, ¿eres tú?”. La cosa retrocedió un paso, impresionada. El padre avanzó hacia ella. “Sara, no tengas miedo. Papá está aquí y ella no te va a hacer daño”. Las rodillas de la niña fallaron y cayó al suelo. Él le dio un beso en la cabeza y se acercó a la otra niña. Su aspecto de podredumbre estaba desapareciendo poco a poco. Ángela lloraba.
El padre se arrodilló junto a Ángela y la abrazó. La niña se derrumbó sobre su regazo y comenzó a sollozar. “Lo siento mucho, Ángela. Sé que cuando mamá se quedó embarazada de Sara te dejamos un poco sola”, el hombre tragó saliva visiblemente dolido, “sé que hiciste aquel pastel para hacernos felices. Y no fue culpa tuya que saliera todo tan mal. No fue culpa tuya la explosión… Fue culpa nuestra. Y lo sentimos mucho, cariño mío. Te echamos muchísimo de menos. No te hemos sustituido por Sara. Ella tampoco tiene la culpa. Ahora tienes que calmarte e irte. Debes irte a un lugar mejor donde estarás en paz. Te queremos muchísimo, Ángela, y siempre te querremos”. 
La niña miró a Sara con remordimientos. “Papá, ella también piensa que no le hacéis caso. Tened cuidado”, miró a Sara de nuevo, “Lo siento, hermanita. No quería hacerte daño. Cuidaos. Os quiero”. 

Y como si nunca hubiera existido, Ángela desapareció.

Brad Kunkle

martes, 19 de septiembre de 2017

Underwater V

Hi~ Sé que son trozos cortos, pero prefiero esto a estar mucho (mucho) tiempo sin subir la continuación. Así voy escribiendo cuando me sale y puedes ir leyendo poco a poco. Te dejo aquí la VI parte por si no la recuerdas.
Espero que te guste:

Mi tía siempre me decía de pequeña que respirar algo de agua de mar no era malo, al contrario: "te limpia las vías". Pero era desagradable, muy desagradable. 
Ahora noto esa sensación, pero en todas las vías respiratorias. Es como si estuviera totalmente llena de agua. Todo el cuerpo me arde como si todos los músculos estuvieran vibrando. Me duelen los huesos, especialmente los de las piernas. Tengo un extraño cosquilleo entre los dedos igual que cuando te pica en un sitio, pero no sabes exactamente dónde. 
No sé qué es lo peor. Así que grito. No hay aire en mi cuerpo y lo que sale de mi garganta es un sonido agudo chirriante, tan fuerte que parece que me vaya a perforar los tímpanos. 
Abro los ojos sorprendida y veo a todas las sirenas tapándose los oídos con cara de dolor. La de cola de nieve me mira atentamente, angustiada. 
La sensación de ahogo persiste unos segundos más y de pronto puedo respirar. Levanto los brazos y me doy cuenta de dos cosas: veo perfectamente bajo el agua y tengo las manos palmeadas. La sensación de cosquilleo casi ha desaparecido. 
El calor en la parte superior del cuerpo es casi inexistente ya, pero en las piernas es cada vez mayor... y observo con creciente horror cómo de la piel me están creciendo escamas. Y no solo eso: con un crujido sordo y un dolor desgarrador se me están partiendo los huesos y recomponiendo en un solo trozo de carne. No puedo seguir mirando. El dolor es cada vez mayor hasta que me desmayo.